Llanto por Iraq (II)

19 05 2013

Hemos visto en el anterior estudio por qué la entrada de Estados Unidos en Iraq desató un caos de tensiones que llevaban muchas décadas soterradas. En esta segunda parte analizaremos cómo se ha desarrollado ese caos y en qué medida ha afectado a los cuatro grupos más importantes del país: los suníes, los chiíes, los kurdos y los cristianos.

Como ya hemos dicho, el desmantelamiento del ejército iraquí fue una medida política suicida tomada por el Gobernador estadounidense Paul Bremer. La insurrección que se propagó como fuego por toda Iraq se vio agravada por otros dos sucesos que le llevaron a la guerra civil. En primer lugar, se celebraron elecciones constituyentes en diciembre de 2005, elecciones que ganaron los chiíes. La nueva constitución desmembró, por influencia estadounidense, las distintas regiones[1] que componen Iraq en un estado federal, y en concreto la Región del Kurdistán[2] obtuvo una cuasi independencia de facto. En segundo lugar, Saddam Hussein fue juzgado y ejecutado en diciembre de 2006. Este desenlace era algo previsible, pero hay que tener en cuenta que el Tribunal que juzgó al dictador estaba formado únicamente por kurdos. Es decir, eran juez y parte, por lo que todo el proceso no fue más que una mascarada.

Para entonces, la guerra ya había estallado. Se suele señalar como detonante precisamente la victoria de los chiíes en las elecciones, o el atentado en el santuario chií de Samarra, perpetrado por Al-Qaeda en Mesopotamia. Esta fue la primera “franquicia territorial”, creada por Al-Qaeda al margen del núcleo operativo en Afganistán y Pakistán[3] en 2004, y liderada por el jordano Al-Zarqawi. Aunque al-Zarqawi fue ejecutado en junio de 2006, ya había declarado la guerra a los chiíes e iniciado las matanzas en sus ciudades santas en Iraq. Los chiíes tampoco se quedaron quietos: varias milicias como el Hizbolá iraquí o, más importantes, las milicias Badr (el ala armada del Consejo Islámico Supremo de Iraq) y el Ejército del Mahdi, capitaneado por Muqtada al-Sadr (clérigo perteneciente a una larga estirpe de religiosos opositores a Saddam)  se enfrentaron a los suníes en un enfrentamiento sectario que sólo en 2006 se cobró cerca de veinte mil vidas.

Iraq se había convertido en el mismo campo de batalla que había sido durante gran parte de su historia moderna. Arabia Saudí[4] y los Estados del Golfo bregaban por contener el poder y la influencia de Irán, que jugaba a un doble juego: por un lado, extender su dominio, siquiera fuera cultural y religioso, en una tierra que ya le era suficientemente afín; por otro, evitar como fuera una existencia pacífica a Estados Unidos en el país, evitando que se asentara y pudiera tener bases demasiado cerca de sus fronteras. El país quedó partido. Muchos ciudadanos iraquíes me han comentado que, en los tiempos de Saddam, nadie les preguntaba qué religión profesaban. De pronto, eso se convirtió en un factor decisivo para vivir o morir. Los barrios predominantemente suníes de Bagdad se vaciaron de chiíes, y viceversa. Se levantaron muros entre vecindarios que antes habían convivido con toda naturalidad. El Ejército del Mahdi salió en tromba de las chabolas de Ciudad Sadr y se hizo con el control de la orilla este de la capital, y sus hombres vestidos de negro patrullaban la antiquísima Universidad de Mustansiriya, fundada por el Califa Mustansir en el siglo XIII. Los suníes se hicieron fuertes en la zona oeste. Aunque a día de hoy siguen teniendo cierta mezcolanza, las líneas sectarias son mucho más fuertes que con el Baath.

Se suele marcar el año 2008 como el final de la guerra sectaria, y esto por varios factores: en primer lugar, se organizó un contraataque intensivo y eficaz por parte de los ejércitos iraquí (recién restablecido), estadounidense y británico, que contuvo en gran medida los atentados y tuvo éxitos notables como arrebatar Basora al Ejército del Mahdi; en segundo lugar, Irán aflojó la presión, viendo que su estrategia de “caos controlado” se descontrolaba; en tercer lugar, y en consonancia con esta política, Muqtada al-Sadr decretó un alto el fuego en septiembre de 2007.

Iraq ha sobrevivido a la guerra, pero ahora se enfrenta a los horrores invisibles de la paz, habida cuenta de que se trata de una paz por desgaste y no por reconciliación. Los iraquíes cuentan que su país ha quedado de facto dividido en tres países: shiastán, sunistán y el Kurdistán. Los cristianos sueñan con un masihistán[5] que saben que nunca va a llegar.

El shiastán está formado por las provincias sureñas y orientales, más cercanas a Irán. No se sabe con certeza cuántos iraquíes son chiíes, pero todas las estadísticas coinciden en que, si no son una mayoría absoluta, al menos sí lo son relativa. No hay que olvidar que Iraq es el santuario del chiísmo: su leyenda comienza en Kerbala con la derrota de Hussein en el 680 AD, y diez de los doce imanes están enterrados en Iraq. Ciudades como la propia Kerbala, Najaf o Samarra son sagradas para todos los chiíes y desde tiempo inmemorial concentran peregrinaciones que vienen no sólo desde Irán, sino desde el Líbano y hasta de Pakistán y la India. El ascenso al poder de Nuri Al-Maliki, chií del Dawa y exiliado en Irán, y su controvertida reelección en 2010 han cimentado un poder que se define a sí mismo como chií antes que como iraquí[6]. Muchos analistas alertan de la amenaza que supone esto, viendo al nuevo Iraq como una marioneta en manos de Irán. Es cierto que existe mucha influencia iraní en el país (en un restaurante, viendo que mi árabe no era nativo, automáticamente me catalogaron como iraní), pero en política no se deja sentir tanto por el gran peso que tiene el Consejo Islámico Supremo de Iraq, de corte bastante nacionalista y arabista.

El sunistán se compone de las provincias centrales del país, y las más cercanas a Arabia Saudí y Jordania, que son también las que históricamente han estado bajo dominio Otomano. Los suníes han crecido con una retórica baathista según la cual había que contener a los chiíes, peligrosos aliados de Irán, y aún recuerdan que no pocos chiíes iraquíes combatieron al lado de sus correligionarios persas en la guerra de 1980-1988. Aunque la oposición del Baath frente al chiísmo era secularizadora-socialista antes que religiosa, la nueva retórica procedente de Arabia Saudí y Qatar ha envenenado el Islam suní de wahabismo. Los iraquíes me dicen que antes de caer Saddam era prácticamente imposible ver salafistas en las calles, que ahora controlan en ciudades como Mosul, una especie de Kandahar iraquí. La sharia más salvaje se ha impuesto en lo que antes era incluso un gran centro cristiano. Conocí a un cristiano ortodoxo que me dijo que había aguantado en Mosul el tiempo necesario para que su hijo terminara la carrera, y después se marcharon, dejando atrás incluso una casa de tres plantas recientemente reconstruida. También suelo acudir en Erbil al restaurante de una cristiana que se ve forzada a llevar hijab porque cuando estaba en Mosul secuestraron a su hijo y, aparte del pago del rescate, le obligaron a vestirse como una musulmana. Ninguno ha vuelto jamás a Mosul. Allí no hay lugar para nadie que no sea un wahabita.

El Kurdistán es la única zona de Iraq que conozco, porque es el único lugar al que puede acceder un europeo sin hacer cabriolas para conseguir un visado. Lo dan en el aeropuerto (de Erbil o Suleimanya) y no es estrictamente un visado, sino un permiso de residencia en el Kurdistán por quince días. Que el Gobierno del Kurdistán sea capaz de emitir seudovisados indica ya el alto grado de independencia que han adquirido respecto al Gobierno central de Bagdad, independencia patrocinada por sus aliados estadounidenses y financiada por los turcos, que están invirtiendo millones y millones de dólares en el Kurdistán iraquí con la esperanza de que los kurdos turcos emigren allí y dejen de suponer un problema para Ankara. Las riquezas de esta Región son gigantescas[7], pero los kurdos están gestionando muy mal su independencia, con constantes choques con el Gobierno árabe de Bagdad. En un taxi al que subí con mi acompañante árabe (yo me hacía pasar por argelino para que no nos cobraran una cantidad despiadada), el taxista, kurdo, comenzó a decir que ellos habían acabado con Saddam y que todo el petróleo de Iraq era suyo. En otra ocasión, una patrulla de peshmergas detuvo el coche en que viajaba con mis acompañantes, al ver que llevaba matrícula de Bagdad. Nos cachearon y levantaron el coche de arriba abajo, y al final nos dejaron marchar. Mis acompañantes me aseguraron que el hecho de que yo fuera con ellos había suavizado las cosas, pero que de no ser por eso la cosa podía haber acabado en detención por traficar armas a través de la cercana frontera con Irán. Aunque no hubieran encontrado armas en el coche.

Los cristianos en Iraq representaban en tiempos de Saddam un 4% de la población, con cerca de un millón de almas. Eran una de las mayores comunidades cristianas de Oriente Medio, sólo detrás de Egipto y el Líbano. No obstante, tras la caída del Baath[8] se vieron atrapados en el caos resultante, donde tanto chiíes como suníes les consideraban aliados de los “Cruzados” estadounidenses (todavía no he encontrado a un solo cristiano iraquí que apoye lo que Estados Unidos hizo en su país). El éxodo masivo de cristianos que se ha dado desde entonces ha sido brutal: de un millón han pasado a ser apenas trescientos mil, lo que supone, en términos porcentuales, una de las mayores diásporas de la Historia del Cristianismo. El seminario caldeo, que antes estaba en Bagdad, tuvo que ser trasladado al Kurdistán después de que asesinaran a su rector. También el Obispo de Mosul, Monseñor Paulus Farah Raho, fue asesinado en 2008, siguiendo al sacerdote Ragheed Gani, que había sido martirizado en la misma ciudad tras negarse a convertirse al Islam. El ataque más sanguinario tuvo lugar el 31 de octubre de 2010, en la iglesia católica de Nuestra Señora del Auxilio, en Bagdad. Allí, los terroristas suníes de Ansar Al-Sunna, aliados con Al-Qaeda en Mesopotamia, entraron durante la Santa Misa y martirizaron a los sacerdotes Waseem y Thaer y a 51 fieles, entre ellos una mujer embarazada y un niño de corta edad cuyos llantos su madre no podía detener.

Iraq ha sobrevivido a duras penas a su guerra, pero cada día es más improbable que sobreviva a su paz. El país se ha reestructurado en base a fronteras étnicas y religiosas, mucho más fuertes que las políticas, y la desconfianza mutua ha quebrado todo atisbo de cohesión nacional. En un país tan inmensamente rico en recursos como es Iraq, esta desconfianza es muy beneficiosa para los poderes cercanos, llámense Turquía, Irán o Arabia Saudí, quienes no están dispuestos a facilitar un acercamiento de posturas que pueda llevar al resurgimiento de un Iraq fuerte.

Cuando iba a salir del país, me detuve para fumar un cigarro antes de pasar el primero de los interminables controles de seguridad del aeropuerto. Allí vi cómo un grupo de hombres y mujeres, quienes llevaban todo cubierto salvo los ojos, se despedían llorando. Los jóvenes se marchaban, y los ancianos lloraban su pérdida, pues sabían que probablemente no volverían a verlos nunca. Para muchas personas, el exilio es la única posibilidad de vivir una vida parecida a la que tuvieron antes de la entrada de Estados Unidos, hace ya diez años.

Francisco Rivas
Este artículo es la continuación de Llanto por Iraq (I)


[1] Estrictamente hablando son “Gobernaciones”, محافظات

[2] Compuesta por las provincias de Erbil, Duhok y Suleimanya

[3] Les segurían Al-Qaeda en el Magreb Islámico, creada en 2006 a partir del Grupo Salafista para la Predicación y el Combate, y Al-Qaeda en la Península Arábiga, creada en 2009 a través de sus bases en Yemen.

[4] Se calcula que, tras los libios, los saudíes fueron el grupo más numeroso en acudir a la “Guerra Santa” en Iraq.

[5] La palabra árabe para “cristiano” es “mesihy” (مسيحي), que a su vez viene de “Messih”, Mesías. Es decir, aquellos que creen que el Mesías ya ha llegado.

[6] Nuri Al-Maliki dijo en una entrevista que él era “chií, árabe, iraquí y del Dawa”, dejando bien claras sus afiliaciones y el orden de importancia que ocupan en su mente.

[7] Un ingeniero petrolífero venezolano que trabaja allí me aseguró que sólo el 10% del petróleo del Kurdistán está siendo extraído.

[8] Fundado por un cristiano sirio, Michael Aflaq.





Llanto por Iraq (I)

27 04 2013

Fuente: myfilm.com

En el mes de marzo se cumplieron diez años desde la entrada de las tropas internacionales, lideradas por Estados Unidos, en Iraq. Las consecuencias de su actuación no se han limitado a derrocar a Saddam Hussein, sino que han reestructurado de forma decisiva el panorama geopolítico de la región, han desatado fuerzas que durante el gobierno del Baath habían quedado apagadas y que arrojaron al país a una sangrienta guerra civil, han alterado el propio orden político interno de Iraq y su división territorial y económica y han provocado una de las persecuciones más despiadadas que la Historia registra contra los cristianos. En general, la intervención estadounidense en Iraq ha sido un fracaso de colosal magnitud, tanto que resulta imposible creer que nadie supiera qué se iban a encontrar realmente en el País de los Dos Ríos.

No es posible comprender realmente lo que ha sucedido allí si no encuadramos estos diez años de pesadilla en un marco temporal más amplio. En este estudio intentaremos explicar cuáles han sido los hechos que, durante décadas, han desembocado en esta situación, y cuál es su previsible futuro. Si bien lo procedente habría sido publicarlo en marzo, de forma que coincidiera plenamente con la efeméride, este redactor ha estado de viaje en Iraq en abril por tercera vez, por lo que su relato ahora puede ser más veraz.

La tragedia de Iraq comienza, como muchas otras tragedias en la región, con el nacimiento de la República Islámica de Irán. Mucho se ha dicho ya en esta Asociación sobre cómo la ascensión al poder de los clérigos chiíes sacudió la geopolítica del Gran Oriente Medio[1] e hizo saltar por los aires todos los esquemas existentes, forzando un nuevo replanteamiento. Para el caso que nos ocupa, diremos que la acción conjunta de Estados Unidos y de la Familia Saud, guardianes de los lugares sagrados del Islam y por tanto defensores de la ortodoxia musulmana[2] frente a la herejía chií se centró en dos frentes: por el Este, armaron y entrenaron a hordas de muyahidines en Pakistán a los que luego lanzaron contra los soviéticos y, no menos importante, a implantar un bastión de suníes radicales que cerrara Irán; y, por el Oeste, lanzaron al suní, aunque socialista, Saddam Hussein contra Irán.

Saddam tenía muchas razones para querer ir a la guerra contra Irán. En primer lugar, había visto con temor cómo un Gobierno clerical chií se imponía en el país vecino, dando un modelo a los propios chiíes de su país, que eran y siguen siendo una ligera mayoría, para derrocar su Gobierno baathista. En segundo lugar, ambicionaba los recursos petrolíferos de la zona del Jozestán, fronteriza con Iraq y en la que la mayoría de sus habitantes eran suníes y de habla árabe, por lo que suponía (erróneamente) que le apoyarían frente a Jomeini. Además, el Gran Ayatola había purgado a muchos oficiales del ejército bajo la sospecha de ser adictos al sha, por lo que, al igual que Hitler hizo cuando Stalin masacró a su propio ejército, Hussein consideró que era hora de atacar Irán.

No obstante, seguía teniendo su propia agenda. Iraq estaba desarrollando, con ayuda de Francia, armamento nuclear en su central de Osiraq. Israel, alarmado por la posibilidad de que uno de sus enemigos más encarnizados pudiera adquirir armas atómicas, atacó la central. El golpe fue bueno, pero no perfecto. Osiraq, a pesar de estar construido al aire libre[3], no fue destruido. Apenas se retrasó su funcionamiento diez años.

La guerra entre Iraq e Irán terminó, debido principalmente a las presiones de las superpotencias al ver cómo el Golfo Pérsico, por donde fluye más de la tercera parte del petróleo del mundo, se convertía en un lugar cada vez más peligroso. Lo que no cayó en el olvido fue el peligro de Osiraq. Diez años después de 1981 nos sitúan en 1991: Tormenta del Desierto. Iraq, que había contraído unas deudas inmensas con Arabia Saudí y Kuwait para financiar la guerra contra Irán, decidió condonarlas por las bravas: alentados por Estados Unidos, que les prometieron que no atacarían, invadieron Kuwait, no sólo para evitar el pago de deudas a este país, sino también para enviar un mensaje a Arabia Saudí. Cuando los estadounidenses atacaron y el Beato Juan Pablo II denunció tal operación, los periódicos estadounidenses, controlados muchos de ellos por judíos, comenzaron a destapar escándalos de pederastia en la Iglesia Católica.

Los estadounidenses entraron en Iraq y derrotaron a Saddam Hussein, si bien no lo derrocaron. Siguió en el Gobierno y esto llevó a la matanza de muchos kurdos que se habían alzado contra Saddam cuando llegaron los estadounidenses, así como de muchos chiíes que hicieron lo mismo. Estas dos represalias contribuyeron a forjar la mitología del martirio que los dos grupos ya de por sí tienen muy arraigada en su ideario colectivo, lo que explica decisivamente lo que ha venido después.

La situación volvió a la normalidad y todo parecía que iba a quedar estable. La Unión Soviética se había hundido y Estados Unidos ya no tenía a nadie que pudiera hacerle sombra. Tampoco tenía que preocuparse de la influencia rusa sobre Asia Central y desde ahí, potencialmente, hasta los mares cálidos, por lo que Afganistán fue abandonado a su suerte cuando los muyahidines tomaron el control y después los talibán, los vástagos de Arabia Saudí, lo esclavizaban bajo un régimen de terror innombrable, pero que servía para contener a Irán. Iraq estaba debilitado, la larga guerra en el Líbano había terminado y aunque seguía habiendo contiendas menores (Nagorno-Karabaj), nada amenazaba el statu quo.

Entonces cayeron las Torres Gemelas, y Estados Unidos declaró una más que justa Guerra contra el Terror. Pero, a la hora de ejecutarla, pareció volverse loco. Todo el plan que habían trazado para atenazar a Irán fue destruido por ellos mismos cuando entraron en Afganistán y, dos años más tarde, en Iraq. Los muros que había contenido la influencia persa fueron destruidos por los mismos que las erigieron, e Irán se sintió libre, libre para dirigirse principalmente al Oeste, donde fortificó a Hezbolá y la lanzó contra Israel en 2006 (sin que, por primera vez en su historia, el Estado Judío obtuviera una victoria rotunda) y convirtió Iraq en un infierno.

En realidad, los propios estadounidenses ya se habían encargado de convertirlo en el peor desastre geopolítico desde la caída del Imperio Austro-Húngaro. No es necesario que recordemos la justificación que se dio a la guerra, justificación errónea y que sólo encubría una única verdad. Ciudadanos iraquíes me han contado, serenos pero con un tapiz de rabia e impotencia en el fondo de su mirada, cómo los helicópteros estadounidenses descendían sistemáticamente sobre el Banco Central iraquí, la Cámara de Comercio de Bagdad, etc… y las saqueaban. Cuando Paul Bremer llegó para hacerse cargo del país, su primera medida ya fue peor que pegarse un tiro en el pie: desmanteló el ejército. Es decir, dejó a cientos de miles de personas, cuya única educación era disparar y su único medio de subsistencia era su arma, en el paro.

Esto es ya de por sí un suicidio en cualquier nación, incluso en una occidental. Pero en el caso de Iraq se daban dos factores especialmente temibles. En primer lugar, es necesario tener en cuenta que el concepto de Estado-Nación no ha calado en el Oriente Medio como ha calado en Occidente. Los ejércitos no son ejércitos nacionales, sino tropas al mando de un Gobierno y que salvo en raras y honrosas excepciones (Túnez, por ejemplo) no están ahí para defender a su pueblo, sino a quien les paga. En segundo lugar, Iraq es y ha sido siempre un polvorín. La misma lucha religiosa que vivimos ahora entre Irán y Arabia Saudí se reprodujo anteriormente durante siglos entre el Imperio Otomano y el Safavida de Persia, y el campo de batalla fue Iraq. Estamos hablando de un país partido, al que Saddam Hussein había dado una cierta cohesión nacional usando a partes iguales la represión y la referencia a un pasado pre-islámico (Babilonia, Caldea) del que todos pudieran sentirse descendientes, pero que, cuando el muro de contención del Baath saltó por los aires, se convirtió en el país más ingobernable de la tierra.

Lo aún que queda por contar es la peor parte de la historia, y por razones de extensión la dejaremos para ser publicada en breve. Hemos visto por ahora cómo se forjó la situación actual de Iraq. En la siguiente publicación comentaremos cómo se ha desenvuelto esta situación, los condicionantes que ha tenido, y el futuro que se atisba.

Francisco Rivas


[1] Que comprende, además de lo que se entiende como el Oriente Medio normal, al propio Irán, Afganistán y Pakistán.

[2] Aunque estén aliados con el movimiento wahabita, que es considerado herético por muchas escuelas de jurisprudencia suníes.

[3] De lo que tomaron buena nota los iraníes, que construyen ahora sus centrales nucleares bajo tierra y por tanto dificultan enormemente el tantas veces anunciado ataque judío.





Shiism in Saudi Arabia (II)

19 01 2013

Fuente: diario-octubre.com

In the previous post of this essay, Shiism in Saudi Arabia (I), we spoke about the birth of Shiism and its History throughout the centuries, finishing with a brief explanation of how Shiites living in the Eastern Province of Saudi Arabia were affected by the creation of the Saudi Kingdom. In this second post we will deal with two of the three major events that have affected the recent History of Saudi Shiites: the Iranian Revolution and the Iraqi Sectarian War of 2005-2008. Finally, in the third and last post we will analyze the third event, the Bahraini Revolt of 2011, and we will propose the conclusions of the investigation.

III.- Major events for Saudi Shiism.

3.1.- The Iranian Revolution.

The events that took place in Iran during 1979 and that led to the establishment of the Islamic Republic are well-known: 16th January, as a consequence of the massive demonstrations held against him and his Government, Mohammed Reza Sha abandoned the country, leaving the Government in the hands of his Prime Minister Shapour Bakhtiar. When, 1st February, Ayatollah Khomeini returned to Iran from his exile in Paris, the Government of Bakhtiar could no longer control the situation and fell. Bakhtiar went into exile and Khomeini took control of the country. 1st April, after a referendum about the acceptance of the new form of Government, the Islamic Republic was proclaimed and a new Constitution entered in force.

The birth of the Islamic Republic of Iran is, arguably, the most important event in the XX Century for the Islamic World, possibly even more decisive than the birth of Israel. For the first time in centuries, Shiism became the State religion of a country, therefore establishing an alternative to Sunni Islam in politics and starting a “Cold War” between Sunni and Shiite Islamism in politics. The Iranian Revolution was an inspiration for many Shiites of other nations and established a precedent of a religious Shiite Government taking control of a country, therefore showing an alternative to rule of Sunni or secularist Governments. It was ideologically backed by the Usuli jurisprudence in its ultimate form: as we have seen before, Usuli jurisprudence argued that it was possible for the community of believers to perform religious duties in the absence of the hidden Imam. Khomeini advanced one step further in this reasoning: in his point of view, if it was right to organize, to develop the religious life, it was also legitimate to intervene politically, even creating a State ruled by the community of the believers. The old Shiite kingdoms were countries where a Shiite leader ruled, but the new configuration of the State would be one led by pious clerics that would govern during the absence of the only legitimate ruler, the Imam (as a man inspired by God).

For Saudi Shiites, this event marked a turning point in their approach to politics, giving them a reason to become more involved in them and discarding their previous quietism. The leader of the new movement in favor of taking direct political action was Sheikh Hassan Al-Saffar, who had studied in the Holy Shiite City of Najaf (Iraq) until he and many of his followers and companions were forced to flee in 1973. They sought refuge in Qom (Iran), and after a short stance they moved to Kuwait, where they began to study with Ayatollah Muhammad Al-Hussayni al-Shirazi, a cleric from Karbala who, inspired by Khomeini, stated that Shiites should favor direct political action. While not necessarily leading to the establishment of an Islamic Republic, he demanded more political campaigning based on religious identity[1].

Al-Saffar and his followers returned to Saudi Arabia in 1977, immediately beginning to act in accordance with their new thoughts and starting pro-Shiite campaigns, as well as establishing a political Shiite network that remained in close contact with Shiite from other nations, especially Kuwait. When, two years later, the Iranian Revolution broke, they felt powerful enough to move to the next step and promote a movement of civil disobedience to the Saudi Kingdom. Rebellion started in November 1979 and the most significant act was to perform the rites that are observed by Shiites during the Ashura, the commemoration of Hussein´s death in Karbala.

However, they utterly miscalculated their real strength. More than twenty Shiites were killed and thousands were arrested in a repression that lasted for one year. Also thousands were forced to flee and became refugees. Al-Saffar became exiled in Damascus.

That brutal confrontation with reality broke the relative unity that Shiism as a political movement had shown before, and provoked its division into three main lines: some decided it was better to go back to political isolation and abhorred any kind of relations with the Saud Family; the majority of them, led by a mind-changed Al-Saffar, realized that given their demographic weakness they could not wage a successful revolution, and although they still insisted on demanding more civil rights, they decided that the best way to reach their final goals was not through direct opposition to the Saudi Government but through dialogue and cooperation; and finally, some decided that, if peaceful demonstrations had failed, violence could lead them to success.

Around 1987, Saudi Hezbollah was born. “Hezbollah” (حزب الله, Party of God) is a denomination not self-given solely to the Lebanese group, but to any Shiite Islamist group fighting for an Islamic State and normally supported by Iran[2]. Notwithstanding this, it is obvious that Saudi Hezbollah was never as important as the Lebanese homonym group. It is unknown whether it remains active or was finally disbanded. In any case, it must be mentioned because it shows that there is some degree of Shiite violent opposition to the Saudi regime not just outside Saudi Arabia, which is obvious and well-known, but inside the Kingdom itself.

3.2.- The Iraqi Sectarian War.

If the Iranian Revolution was the birth of the Cold War in the Islamic World, Iraq between 2005 and 2008 can be compared to Korea or Vietnam. It has been the most violent and bloody conflict between the two main powers in the Islamic World since 1979, and the one in which more direct involvement between the two branches, Sunni and Shiism, has been shown. Whereas a certain amount of covert war between Saudi Arabia and Iran was seen during the Lebanese civil war of 1975-1990, in that conflict there were many more actors (Syria, Christianism, Israel) as to consider it purely a Sunni-Shia war. But the civil strife in Iraq was. Whatever the plans the USA had in mind for the country, they failed because of their dismissal or underestimation of the real forces that were lurking underground in the country and that rose to the surface when the Government of Saddam Hussein collapsed.

Iraq is the heartland of Shiism. Ten of the twelve Imams are buried there[3], and it was in this country where Ali was killed and where the major event of Karbala took place. Shiite rebellions in the early years of the Abbasid Caliphate were common, especially in Basra. After the birth of the Safavid Empire and its brutal repression of Sunnis, that caused open confrontation with the Sunni Ottoman Empire, Iraq turned out to be the frontier between these two powers, where a Sunni Emperor ruled over a Shiite population[4], that very often had ties with the Shiite kings of Persia. The opposition Shiite-Sunnis is central to the History of Islamic Iraq and continued even after the disappearance of the Safavid and Ottoman Empires: in 1991, following the US-led “Desert Storm” operation against Saddam Hussein, the Shiites of the Dawa party tried to oust the Sunni Hussein from power. Their coup d’état failed, causing repression to Shiites as well as the northern Sunni Kurds, who were allied with the Shiites in the attempt to overthrow the Baathist regime.

Given this turbulent History, and the new geopolitical scenario after the Iranian Revolution, it was unrealistic to think that the transition in Iraq from the dictatorial regime of Hussein to a democratic system would be easily achieved. Nevertheless the US finally entered in Iraq in 2003, ending within a month with the rule of the Baath party. A new Constitution was written and entered in force in 2005, the same year that the first democratic elections were held. The Shiites won.

This signaled the recrudescence, not the beginning, of the problems. In October 2004 Al-Zarqawi, a Jordanian jihadist who had been based in Iraq since 2001, pledged allegiance to Al Qaeda, and Al Qaeda in Iraq was born. Violence rose heavily after the entrance of the Western troops in the country, but the bombing of the Al-Askari Shiite shrine in Samarra in February 2006 marked the consolidation of the sectarian war that had been tearing the country apart since the year before. In 2006 alone, more than 28,000 Iraqi civilians lost their lives in the brutal struggle between Sunnis and Shiites, the former led by Al Qaeda in Iraq and a myriad of minor groups closely related to them like Ansar al-Sunna, the latter captained by the militias of Muqtada Al-Sadr (the Mahdi Army) and other terrorist organizations like Iraqi Hezbollah[5].

For the purposes of this study, it is important to mention that not all of the mujahidin that fought in the sectarian war were Iraqis. Quite the opposite, especially in Sunni armed groups, many of them were foreigners. When Al-Zarqawi joined Al-Qaeda, he started recruiting forces from the training grounds of Afghanistan and Pakistan, but that does not mean that the recruits were solely from those countries. In fact, there were militants from nearly all Muslim countries, but the majority of non-Iraqis were Libyans and Saudis. Unlike in the Soviet-Afghan war, when the king of Saudi Arabia encouraged militants to move to Afghanistan and fight against the Soviets, this time the Government of the Saudi Kingdom tried to prevent Islamic fighters from crossing the border and joining the insurgency against his ally, the United States. They didn´t have a great success, however.

The Iraqi sectarian war ended due to many combined reasons, the most important of which being the successful counterinsurgency led by the Western and Iraqi troops. Whilst, according to Iraq Body Count, the toll of civilian deaths in 2006 was of 28,415, and in 2007 of 25,063[6], by 2008 it had dropped to 9,385, and in the following years it has remained around 4,000. Iraq has stabilized and to the present day the fear of many analysts that it can become a failed State seems to be a distant threat. Notwithstanding this, the conflict has had a deep impact in all the Arab world: concretely for Shiites of Saudi Arabia, the consequences are basically two: first, they have another State ruled by Shiite governors but not an Islamic Republic, therefore a model of political organization that can be realistically pursued; second, a more daunting consequence, many of the Saudis that fought in the sectarian war and came back to Saudi Arabia may mean a threat to Shiites living in their nation. The slaughter formerly aimed against Iraqi Shiites can now turn against the Saudi Shiites in case of political turmoil.

Francisco Rivas


[1] We can find something relatively similar in the same decade in Northern Ireland, where large demonstrations for civil rights to Catholic population were held.

[2] It is also famous the Iraqi Hezbollah, who in 1st January 2012, following the complete withdrawal of the American troops that remained in the country, declared that they would stop violent actions. However, unlike five other terrorist groups in Iraq, they refused to lay down weapons.

[3] The eighth Imam, Ali ibn Musa, is buried in Mashhad (Iran), and of course there is no grave for the “hidden” twelfth Imam.

[4] The percentage of Shiites in Baghdad was never overwhelming, but it was so in cities like Najaf, Karbala or Basra, as it remains today.

[5] One must notice that these two groups were not homogeneous in purposes: for example, the Mahdi Army of pro-Iranian Muqtada Al-Sadr fought heavily against the Sunnis, but also against the Badr militias, the armed group of the also Shiite but more nationalistic Islamic Supreme Council of Iraq.

[6] The deaths per month mounted up to near 2,500 during 2007, but in September it ebbed to 1,000, mainly as a consequence of Muqtada al-Sadr decision to decree a ceasefire.





Paul Collier Critique: Military Intervention

21 05 2012

Fuente: 20minutos.es

Within his book, The Bottom Billion, Paul Collier discusses the issues that surround the bottom sixth of the world’s population. Along with this, Collier attempts to provide potential solutions that could alleviate the plight of the “poorest people… [a plight] that is growing inexorably worse”[1]. One such solution that Collier presents is military intervention, in those poorer states that are failing. Although he goes into detail about the pro’s and cons of restoring order, maintaining post conflict peace and protecting states from coups, he makes little effort to justify the “clear cut case for international interventionism: expelling an aggressor”[2]. For indeed, far from being a clear cut justification to utilise a nations armed forces, the last 100 years has shown that military intervention to expel an aggressor group is wrought with problems, especially if one invades without international support. This article, thus, attempts to show that far from clear cut, the only time that military intervention to expel an aggressor is justifiable is when mandated by the international community, and conducted by a coalition of willing partners. Although in doing so it would be easy to degenerate this article into a lengthy diatribe against the moral wrongs of ‘policing the international community’ the article will instead stick to three major issues that the invading state will incur to some extent if it decides to take on aggressor nations unilaterally. These problems being: the reduction in international, diplomatic, support for your state and the destabilization within the entire region that the conflict originates from. From this, the clear conclusion that will be drawn is that military intervention to expel aggressors is acceptable only when conducted multilaterally, where the possibility for these negative reactions to your states use of force is largely mitigated.

When one looks at the diplomatic preamble that preceded American intervention in Iraq in 2003, George W. Bush appears to indicate their actions will have wide ranging, positive security benefits for their international colleagues: “The United States and other nations did nothing to deserve or invite this threat. But we will do everything to defeat it.”[3] Although he is correct in mentioning later in his speech that the US can rely on a coalition of willing partners in the impending violence[4], the fact that they went into war without UN Security Council clearance resulted in a largely negative response around the world. The rationale for this apparent turn around in global public opinion towards the United States, who after 9/11 had experienced great outpourings of empathy from most of the global community, appears to be most succinctly worded by Nelson Mandela, who wrote: “Because what [America] is saying is that if you are afraid of a veto in the Security Council, you can go outside and take action and violate the sovereignty of other countries. That is the message they are sending to the world. That must be condemned in the strongest terms.”[5] The clear message from this piece was that unilateral intervention (for although the United States called upon other nations to support their war effort, for a large part their forces were tokens, and had little direct affect on the overall war effort) was doomed to diplomatic failure. This can be largely explained by the fact that states operating in an anarchic system, who will be inherently suspicious of competitors actions, will not be able to tolerate a state that has the capabilities and willingness to forgo any international body, and law, that it itself created. With this in mind it becomes clear that unilateral intervention is doomed to breed negative, and even hostile responses from the international community. Although nations such as the United States do not require military assistance when conducting these types of strike operations, breeding a culture of inherent distrust towards the United States will do nothing but weaken future, peaceful, US-led initiatives in the global community. For this reason, clearly unilateral intervention provides little benefit, unless mandated and authorised by the international community.

Throughout history, many interventions have been conducted in order to maintain stability within the region that they are being conducted. Indeed, this was no different for the War in Iraq, where George W. Bush alluded to the threat of a Weapon of Mass Destruction (WMD) wielding Saddam, and the trouble that posed for the global community. However, this has largely not been the case when looking at the aftermath of most major unilateral interventions. Indeed, despite taking command of major military operations in Vietnam for the better part of 15 years, with the stated aims of containing, if not eliminating the Communist threat arising within the nation, the United States failed. Although this is not due to the policy of interventionism, the United States intervention, in hindsight made the entire region less stable, and more likely to fall to Communism. For indeed, despite being a member of an expansionist ideology, Ho Chi Minh, the leader of the Communist party in Vietnam was passionately anti-Chinese, and insular thinking[6]. Thus in the wake of the US withdrawal from Vietnam, when a hostile China was threatening Vietnam from the North, Ho Chi Minh began spreading Vietnamese influence throughout South East Asia, not as a means of expanding Communism, but in order to prop up and ensure Vietnams survival in the face of a growing Chinese threat. Although this is not to say that military interventionism bred the hostility that caused the Sino-Vietnamese war, the weakening of Vietnams military capabilities did provide an opening for the Chinese to apply pressure on Vietnam, which in turn increased the likelihood, and eventually caused Vietnams direct intervention and subversive action along the Indochina Peninsula, which resulted in the manifestation of Communist governments all along the peninsula, the outcome that the United States was so passionately fighting against. A similar trend is being played out in the contemporary world, indeed with ethnic violence still sporadically erupting in Iraq, Iran is using the instability caused by the weak interim government, to strengthen its hold over the country that had for decades provided a counter balance against its own growth and power.[7] And with the potential of Iran’s nuclear weapon now dominating the thinking of much of the global community, the instability in the region that allowed for Iran to adopt its Nuclear weapons program unmolested was caused largely by America’s unilateral intervention in Iraq. Although it would be easy to suggest that even a multi-lateral intervention in either of the case studies mentioned would have provided a similar result, given the shared burden of the military campaign, and the feeling among the general population that the war is legal provides a sturdiness to the campaign that would provide the necessary impetus to have ensured that the defeated nation was rebuilt to acceptably strong and stable conditions. In contrast, unilateral operations are often conducted at the whim of one presidency, and completed by the next, who more often then not is concluding them in order to overcome domestic political pressure. As a result, the argument that unilateral intervention is justifiable, and useful due to the stability it creates is untenable due to the fact that it creates major instability and usually creates conditions for larger conflicts, due to the hastiness with which the campaign is wrapped up.

Clearly, a larger investigation is necessary to definitively prove the case that unilateral military intervention, without the consent of the international community, is entirely unacceptable. However, with the words provided, this article should have helped add to the international condemnation of the growing trend for larger powers to indiscriminately intervene in regional conflicts, and sovereign states. The reasoning, that this article has provided; that intervening in other nations in contravention, or without international recognition will retard larger diplomatic initiatives, and that without the longterm political willpower to stay in the nation being intervened in, will only lead to greater regional instability, stands in contrast to most of the major critics of the policy. For indeed, while Mandela and others have critiqued the U.S. intervention in Iraq on philosophical and legal grounds, this has had a rather insignificant impact on Western, and in particular, U.S. policy. However, moving the debate towards providing practical explanations for why unilateral, unendorsed, military intervention is unsuitable as a tool in international politics should hopefully see the elimination of this growing, useless, costly and bloody, policy.

 Ryan Bartlett


[1]Collier, Paul. The Bottom Billion: Why the Poorest Countries Are failing and What Can Be Done about It. Oxford: Oxford UP, 2007. Print.

[2] Ibid.

[3] Bush, George W. Full text: Bush’s Speech: A transcript of George Bush’s ultimatum speech from the Cross Hall in the White House. The Guardian, 2003. Web.

[4] Ibid.

[5]Ali, Amir. “Nelson Mandela: The U.S.A. Is a Threat to World Peace.” The Article Collection of M. Amir Ali, Ph.D. Web. 28 Apr. 2012. <http://www.ilaam.net/Opinions/USAThreat.html>.

[6] Karnow, Stanley. Vietnam: A History. Penguin. P. 153. 1983. Print: “You fools! Don’t you realize what it means if the Chinese remain? Don’t you remember your history? The last time the Chinese came, they stayed a thousand years. The French are foreigners. They are weak. Colonialism is dying. The white man is finished in Asia. But if the Chinese stay now, they will never go. As for me, I prefer to sniff French shit for five years than to eat Chinese shit for the rest of my life.”

[7] Jakes, Lara. Boston News: Iranian influence seeping into Iraq. Boston Times, November 7, 2011. Web.








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