¿Es posible una geopolítica para España? (III)

25 11 2012

La vigencia de Mella

Vázquez de Mella fue recibido por sus adversarios políticos contemporáneos con burla y condescendencia: «Y si me decís que es soñar, que es sueño ideológico buscar la realización de estos ideales, os diré que ese sueño lo están realizando todas las naciones de la tierra. El pangermanismo significa ese dominio de razas sobre el territorio que habitan sus naturales; el panhelenismo significa la tendencia a querer dominar las islas del Mar Egeo y todas aquellas que llevan el sello helénico; aquellos estados Balcánicos que son nada más que naciones incipientes, tratan de completar su nacionalidad sobre porciones de Turquía; lo tiene Finlandia y todos los países que se extienden a lo largo del Báltico, donde, a pesar de los vendavales moscovitas, no se ha podido extinguir el germen y la flora de las nacionalidades indígenas; lo tiene Inglaterra, rama germánica que se asienta y domina por su territorio sobre los países célticos. Todos buscan su autonomía geográfica; todos aspiran a que se complete el dominio del territorio nacional. ¿Y será aquí, como dicen, sueño romántico, vago idealismo, cosa quimérica, lo que pretendo yo?»

Los “dogmas nacionales” no fueron un brindis al sol, una idea peregrina que se quedara en el tintero. Pocos años antes los había consignado Carlos VII, perdedor de la tercera guerra carlista, en su testamento político: «Gibraltar español, unión con Portugal, Marruecos para España, confederación con nuestras antiguas colonias, es decir, integridad, honor y grandeza; he aquí el legado que, por medios justos, yo aspiraba a dejar a mi patria.» La restauración del Imperio español, cuyos restos perdieron ―sin mucho interés― los gobiernos de Alfonso XII, estaba en el mismo centro del programa político de Carlos VII. Y no era una consigna oportunista lanzada por alguien que ya nada tenía que perder, pues aquel nuevo Don Carlos que durante varios años comandó ejércitos, acuñó moneda, y reinó efectivamente sobre una porción del norte de España, ya ofreció en 1875, en plena guerra, una “tregua patriótica” a su primo y adversario cuando las rebeliones en Cuba amenazaban ―preludio de 1898― con involucrar a los Estados Unidos en una guerra contra España: «se trata de la integridad de la patria y todos sus hijos deben defenderla, que cuando la patria peligra desaparecen los partidos; sólo quedan españoles.»

Los gobiernos de la España actual poco o nada tienen que ver con Carlos VII y Vázquez de Mella. Pero la geopolítica, como muchos otros países han sabido comprender, debe trascender regímenes, ideologías, partidos y “proyectos”. Las proposiciones de Mella serían hoy recibidas con las mismas objeciones que encontraron en su día: «sueño romántico, vago idealismo, cosa quimérica». ¿Pero no será esta actitud disfraz para el miedo a tomar la iniciativa? ¿O quizá no convenga a unos “intereses de España” que sólo son los de unos pocos? Incluso habrá quien grite ¡imperialismo! y rasgue sus vestiduras, sin comprender que la presencia española en América nunca tuvo el carácter de explotación colonial que tuvieron los posteriores imperialismos europeos: el mestizaje, fenómeno único de la América hispana, da fe de la absoluta singularidad de su vocación misionera. Pero aquí no se trata de escrutar el pasado para justificarlo o condenarlo, ni supone la federación de Mella un apego a las formas “virreinales”. Se trata de abrir nuevas vías adecuadas a las circunstancias de cada momento para una mayor cooperación política entre los países que integran la Hispanidad, de dar formas apropiadas a una necesidad latente de aproximación que sentimos todos los hispanos, pero que no acertamos a materializar por recelos pseudo-históricos o porque, todavía apegados a la funesta ideología nacionalista, no concebimos fórmulas políticas de unión que no supongan la dominación imperialista de una nación sobre otra.

Las directrices que según Mella deben guiar la geopolítica española no son quiméricas ni anacrónicas, y la coyuntura actual puede proporcionar terreno fértil. Es verdad que ya no vivimos en la época del pangermanismo y el irredentismo de finales del siglo XIX, pero sí en la de la globalización. La crisis del Estado-nación autosuficiente y exclusivista parece estar consumada. Los gobiernos recientes de España han querido sumarse al impulso europeo de integración, pero esto no implica que se deba renunciar a perseguir la integración en otras direcciones, engarzando con estas perennes líneas directrices de nuestra geopolítica que dirigen nuestra mirada hacia países con los que compartimos todavía mayor afinidad que con los de nuestro entorno europeo. Un mísero océano de por medio  ―o dos―  no fue obstáculo hace quinientos años: hoy debería serlo aún menos.

¿Es posible, pues, una geopolítica para España? Inequívocamente, sí. ¿Es factible llevarla a cabo? También. Pero para hacerlo no basta con cambiar nuestra política exterior. Debemos aprender a afrontarla de otra manera. Alguna vez se ha comparado la presidencia de los Estados Unidos de Norteamérica con la labor del timonel de un portaaviones: el corto plazo de un mandato, incluso de dos, puede a lo sumo aspirar a cambiar muy ligeramente hacia un lado u otro el rumbo que el buque ya lleva impreso. Si España sigue desatendiendo las directrices que deberían inspirar su geopolítica, de acuerdo con su geografía y su historia, y persiste en cambiar su política exterior a capricho del “proyecto” que persiga cada gobierno, o según soplen los vientos de las grandes potencias u organizaciones mundiales, se encontrará ―continuando el símil― capitaneando un pequeño velero que, con un leve toque de timón y una fácil maniobra de botavara, puede trasluchar y cambiar su rumbo en ciento ochenta grados, tantas veces como quiera. Pero mientras navega describiendo un serpenteo inconstante que no lleva a ningún puerto, el portaaviones sigue impasible su travesía. Y si algún día, por azar, el caprichoso manejo del velero lo lleva a interponerse en el rumbo del coloso… no hay duda de cuál de los dos prevalecerá.

FIN

E.P.C





¿Es posible una geopolítica para España? (II)

15 11 2012

Fuente: es.wikipedia.org

Quizá quien mejor penetrara las directrices geopolíticas de España a través de la Historia (pues ya en su época no presidían la política del Gobierno) fuera Juan Vázquez de Mella, diputado carlista y orador de renombre en las Cortes de la Restauración alfonsina, con sus llamados “dogmas nacionales”: el dominio del estrecho de Gibraltar, la federación con Portugal y la confederación tácita con los Estados americanos.

Las columnas de Hércules

Gibraltar, para Mella, es la clave. Dice en 1915:

«Y ved que el estrecho de Gibraltar es el punto central del planeta, que allí está escrito todo nuestro Derecho internacional; parece que Dios, previendo la ceguedad de nuestros estadistas y políticos parlamentarios, se lo ha querido poner delante de los ojos para que supiesen bien cuál era nuestra política internacional. Es el punto central del planeta: une cuatro continentes; une y relaciona el Continente africano con el Continente europeo; es el centro por donde pasa la gran corriente asiática y donde viene a comunicarse con las naciones mediterráneas toda la gran corriente americana; es más grande y más importante que el Skagerrakh y el Cattegat, que el gran Belt y el pequeño Belt, que al fin no dan paso más que a un mar interior, helado la mitad del tiempo; es más importante que el Canal de la Mancha, que no impide la navegación por el Atlántico y el Mar del Norte; es muy superior a Suez, que no es más que una filtración del Mediterráneo, que un barco atravesado con su cargamento puede cerrar, y que los Dardanelos, que, si se abrieran a la comunicación, no llevarían más que a un mar interior; y no tiene comparación con el Canal de Panamá, que corta un Continente.» [1]

Pero no se trata sólo de la soberanía sobre el Peñón, ni del territorio adicional ―más allá de lo concedido en el Tratado de Utrecht― que ha ido fagocitando Inglaterra en los siglos posteriores. Se trata también del riesgo que ha supuesto Gibraltar como base británica de contrabando y espionaje (apoyando numerosos pronunciamientos militares a lo largo de los siglos XIX y XX, incluido el de Riego, que desvió hacia Madrid un ejército dispuesto a zarpar hacia América para contener a los independentistas) y como centro de proliferación de armas nucleares [2]. Pero se trata, sobre todo, del Estrecho. La península ibérica es el extremo del continente europeo que envuelve y cierra su mar interior, custodiando su acceso: sin Gibraltar queda estratégicamente privada de esta función natural.

Portugal

La federación con Portugal guarda una estrecha relación con Gibraltar: «[Inglaterra] tiene que ser grande dominando el mar, y para dominar el mar necesita dominar el Mediterráneo, que sigue siendo el mar de la civilización, y para dominar el mar de la civilización necesita dominar el estrecho, y para dominar el estrecho necesita dominar la península ibérica, y para dominar la península ibérica necesita dividirla, y para dividirla necesita sojuzgar a Portugal y sojuzgarnos a nosotros en Gibraltar. Y eso ha hecho.» Portugal surge en la Reconquista como un condado enfeudado primero a Asturias y luego a León, independizándose como Reino en el siglo XII. Siguiendo la dinámica de federación dinástica de los demás reinos cristianos, la corona de Portugal llega a recaer pacíficamente en el rey de Castilla en dos ocasiones: con Juan I en 1383 y Felipe II en 1581. Las rebeliones que pondrán fin a ambos períodos de unión, inaugurando respectivamente las dinastías de Avís y de Braganza, recibirán el apoyo de Inglaterra. La separación entre España y Portugal, en palabras del historiador lisboeta Oliveira Martins, no parece responder a motivos culturales o geográficos: «¿Qué fronteras serán las nuestras que cortan perpendicularmente los ríos y las cordilleras?», sino a intereses políticos ajenos: «¿No será la Historia de la Restauración la nueva Historia de un país que, destruida la obra del Imperio ultramarino, surge en el siglo XVII, como en el nuestro aparece Bélgica para las necesidades del equilibrio europeo? ¿No vivimos desde 1641 bajo el protectorado de Inglaterra?»

De todas formas, el binomio España-Portugal ya es en sí mismo una distorsión lingüística de la realidad, confundiendo el todo con las partes. Porque el nombre de España, heredado de la Hispania romana que abarcaba toda la Península (y posteriormente también las provincias Balearica y Mauritania Tingitana), sólo vino a asociarse exclusivamente con los reinos de las coronas de Castilla y Aragón después de los centralismos de los siglos XVIII y XIX, cuando los días de unión ibérica eran ya un recuerdo remoto. Lo que hoy se conoce como España, ese Reino de España que con esta homogeneizadora denominación oficial de nuevo cuño inaugura un Estado que antes no era sino la colección de múltiples reinos bajo un mismo Rey, se ha apropiado injustamente de un nombre que correspondía a todos los integrantes de la Monarquía hispánica ―las Españas―, antes de que ésta se divorciara de Portugal en el siglo XVII y se disolviera en Estados-nación en el XIX. Por ello, la unión que propugnó Vázquez de Mella ―la única posible sin hacer injusticia a las partes― se había de llevar a cabo como un hermanamiento en pie de igualdad: «la conquista, jamás; la absorción, nunca; una federación», para que así se pudieran repetir las palabras de Saavedra Fajardo a los portugueses en 1640: «No deben desdeñarse los portugueses de que se junte aquella Corona con la de Castilla, pues de ella salió como Condado y vuelve a ella como Reino; y no a incorporarse y mezclarse con ella, sino a florecer a su lado sin que se pueda decir que tiene Rey extranjero, sino propio, pues no por conquista, sino por sucesión poseía el Reino y lo gobernaba con sus mismas leyes, estilos y lenguajes, no como castellanos sino como portugueses».

La federación para Vázquez de Mella no es el Estado federal de la doctrina constitucionalista que, siguiendo el modelo clásico de los Estados Unidos de Norteamérica, se “constituye” a golpe de pluma mediante una Constitución escrita que materializa simbólicamente la premisa ilustrada de que las sociedades no se forman mediante largos procesos históricos, sino que surgen de la nada a través de un contrato social que, legitimado exclusivamente por la voluntad de los vivientes, viene a regir la vida según un proyecto racional. Escribe el filósofo Rafael Gambra: «El Estado, en cambio, es, al menos de la Revolución a esta parte, esa estructuración “a priori” que propugnó el espíritu de la Ilustración. La Patria es siempre la misma o no varía sino por una lenta evolución; el Estado, en cambio, puede variar radicalmente de la noche a la mañana.» [3] Al contrario, Vázquez de Mella aprecia la auténtica federación histórica en el progresivo aglutinamiento multisecular de los diversos cuerpos sociales ―familia, municipio, gremio― en los que se integran los hombres concretos (a diferencia del hipotético hombre abstracto ―aquel Hombre y Ciudadano nacido en 1789― en torno al cual se construyen las constituciones modernas), federándose espontáneamente en entidades superiores para suplir las necesidades que no alcanzan las inferiores, éstas conservando en cierta medida su autonomía primigenia y aquéllas actuando subsidiariamente. El contrato social es una ficción filosófico-jurídica que sirve como premisa para explicar los sistemas constitucionales, mientras que la federación histórica es una consecuencia ineludible de la naturaleza sociable del hombre, avalada por la realidad y documentada en los anales de la Historia.

Esto se evidencia con especial claridad en la formación política de España, unión personal de varios reinos en un mismo monarca que debía jurar los fueros y respetar la estructura constitucional de cada uno de ellos. La unidad no era uniformidad, y la diversidad cultural no era obstáculo para la concordia política. Por otro lado, las doctrinas ilustradas puestas en práctica en la Revolución francesa equiparan a la nación ―realidad cultural asociada al lugar de nacimiento, sin connotaciones políticas― con el Estado, con la comunidad política. Los Estados plurinacionales (como el Imperio austríaco) o las naciones pluriestatales (como la italiana, antes de la unificación), ya no podían tener sentido. La aplicación de esta novedosa doctrina no resultaba excesivamente conflictiva en un Reino de Francia homogeneizado por la larga experiencia del centralismo absolutista, pero su exportación a otros países (y la Revolución tenía pretensiones de universalidad) no podía resultar tan armoniosa. Para la Monarquía hispánica fue, sencillamente, el suicidio.

América

Hoy, la Hispanidad como realidad cultural es un hecho innegable. Todos los que pertenecemos a ella sentimos unos vínculos más o menos estrechos con los demás. Incluso el que más fervientemente reniegue de ellos no puede dejar de toparse con el idioma compartido, que con cada palabra articulada nos recuerda nuestro ineludible pasado común. No faltan insignes autores ―tanto ibéricos como americanos, filipinos e incluso borgoñones― que hayan dejado constancia de un sentimiento de orfandad, mucho después de las respectivas separaciones del tronco común. Pero el sentimiento, siempre volátil, no basta para dar razón de unos lazos de naturaleza política. Tampoco la más tangible semejanza cultural es suficiente, pues los lazos, digamos, nacionales, pueden florecer en su ámbito propio sin necesitar ser correspondidos por idénticos vínculos políticos (véase, por ejemplo, el Renacimiento italiano: esta pujanza artística distintivamente italiana ―pese a las particularidades locales y ulterior exportación y desarrollo original en otras partes de Europa― tiene lugar en una península políticamente fragmentadísima. Y el arte renacentista no es vehículo de un anhelo de unificación política, como lo sería el romántico durante el Risorgimento, sino todo lo contrario: es más bien la expresión del espíritu competitivo de los pequeños Estados italianos). La ideología nacionalista, por supuesto, no considera separables los vínculos culturales de los políticos, y de ahí los problemas que encuentra cuando pretende llevarse a la práctica: las fronteras culturales nunca están tan definidas como necesitan estarlo las políticas (un ejemplo paradigmático son los Balcanes después del Imperio austrohúngaro).

Los lazos políticos, por tanto, se fundan en otra cosa. Es la historia, si nos ceñimos a observar la realidad y dejamos a un lado fantasiosos mitos fundacionales, esa tradición acumulada que como hemos dicho equivale a decir patria, la que otorga estabilidad a los vínculos políticos y les da una razón de ser, más allá del puro voluntarismo o la fuerza militar que, como mucho (y no siempre), pueden crearlos pero no sostenerlos. Y cuando esta razón de ser histórica no existe, se fabrica. Porque, en palabras de Francisco Elías de Tejada, «los pueblos no son naciones, son tradiciones». [4]

Las independencias americanas rompen bruscamente (en dos décadas se deshacen tres siglos) sus lazos con la Corona haciendo bandera del nacionalismo, de la pretensión de que el hecho de ser nación da derecho a constituirse como Estado. Pero como no podía ser de otra forma en unos reinos hispánicos vertebrados durante siglos por la idea federativa, la delimitación de quién constituía una nación fue menos que perfecta. Las fronteras precolombinas no podían ser recuperadas, como pretendían algunas posturas indigenistas. Dice el mexicano Luis González de Alba: «No hubo un México prehispánico, salvo en nuestro lenguaje actual: para entendernos, así le decimos a este territorio antes de Hernán Cortés. Pero no había una nación, un pueblo, una lengua, un México. Los tlaxcaltecas y otomíes no eran meshicas, sino enemigos de éstos, mucho menos eran mexicanos, nombre que fue necesario crear, con el de México, y nos condenó a ser un país centralizado no sólo en lo político y económico, sino hasta en la historia, al darnos como herencia cultural indígena a la más reciente y menos importante de las culturas mesoamericanas.» [5] Algunas proclamas independentistas de la época hablan de la “nación americana” como una sola, algo que evidentemente tampoco se realizó. Al final se impuso la particular interpretación de Bolívar del principio uti possidetis iuris: rindiendo un paradójico homenaje a la Corona, los límites de los nuevos Estados serían los de los virreinatos y capitanías generales tal como existían en 1810. Pero el mismo Bolívar no dudó en ignorar este criterio cuando le resultaba políticamente conveniente. La fuerza y el voluntarismo de los caudillos fueron, detrás de justificaciones de variada índole, la ultima ratio regum. En palabras de José Antonio Ullate: «Sólo el decurso de las guerras y de los manejos políticos conducirá a la plasmación de Estados sin nación que, celosamente, se volcarán desde el primer instante en la creación artificial de naciones a medida de sus Estados.» [6] Las subsiguientes guerras fratricidas entre los nuevos Estados y la inestabilidad de sus gobiernos dan fe de las consecuencias que ha tenido para la Hispanidad el abandono de la concepción federativa ―que Vázquez de Mella quería recuperar― y su sustitución por la ideología nacionalista.

Continuará.

E.P.C

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[1] Discurso en el Teatro de la Zarzuela, el 31 de mayo de 1915. Los demás fragmentos de Mella citados pertenecen también a este discurso.

[2] Cfr. Coronel José María Manrique, Gibraltar como factor de riesgo e inestabilidad.

[3] Rafael Gambra Ciudad, La Primera Guerra Civil de España (1821-1823): Historia y Meditación de una Lucha Olvidada.

[4] Francisco Elías de Tejada y Spínola, Historia de la literatura política en las Españas. Tomo 1, Madrid, 1991, págs. 24 y siguientes.

[5] Luis González de Alba, Mentiras de la Independencia, Revista Nexos, Lima. 1/9/2009

[6] José Antonio Ullate Fabo, Españoles que no pudieron serlo: la verdadera historia de la independencia de América, editorial Libroslibres, 2009. Este párrafo se basa íntegramente en lo expuesto por este libro.








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