Entre el ataque sufrido por un militar el pasado miércoles en Londres, perpetrado por nigerianos islamistas, y los cometidos por Mohamed Merah en Francia hace un año, existen bastantes similitudes, hasta el punto de poder reconocer en ambos el mismo patrón de comportamiento. Aunque el atentado de Londres fuera bastante más básico, en cierto modo ha conseguido mejor su objetivo. La comparativa entre los dos nos permitirá comprender qué perseguían estos asesinos, aparentemente simples dementes, y cuáles pueden ser sus consecuencias.
Hay que tener en cuenta que el terrorismo islámico suní no es un movimiento homogéneo o uniforme, excepto en el aspecto “doctrinal”. El nombre “Al Qaeda” (القعيدة), que significa literalmente “la base”, es tremendamente elocuente: más que una organización operativa y ejecutiva (aunque también cumple esa función), es una base ideológica y en cierto grado financiera y formativa de la que se nutren los diversos grupos terroristas que defienden la ideología suní[1], desde los poderosos Al-Shabaab o Boko Haram hasta las pequeñas células de Filipinas o Indonesia. También captan a individuos aislados que, sin unirse a ningún grupo, se radicalizan y se preparan para llevar a cabo ataques pequeños pero llenos de significado.
Esta operativa de lobos solitarios es especialmente útil en Europa, donde la actividad de células enteras difícilmente pasa inadvertida. Estos individuos no tienen por qué tener contacto con Al Qaida o sus misioneros o afiliados. De hecho, es raro que algún miembro de Al Qaida contacte directamente con estos individuos en proceso de radicalización. El adoctrinamiento Se hace en mezquitas, madrasas y, especialmente, a través de internet. A partir de ahí, la mayoría de los radicalizados no harán más que dejarse barba y no volver a beber alcohol, pero unos pocos deciden dar el paso y se convierten en terroristas.
No es necesario que los radicalizados se entrenen en campos de Al Qaeda. Merah lo hizo en Afganistán (y ya había recibido formación militar en el ejército francés), pero para atacar a sus objetivos no es imprescindible. Estos objetivos son aislados y desprotegidos, pero altamente simbólicos. Así como Merah mató a judíos y miembros del Ejército francés en situaciones imprevistas, en las cuales no podían defenderse, los terroristas de Londres han matado a un militar. Su ataque, mucho menos profesional que los de Merah, puede parecer y probablemente sea espontáneo, pero en modo alguno ha sido improvisado. Su mensaje, tanto el hecho en sí como la posterior “rueda de prensa” ante las cámaras de los transeúntes, era parte de un plan muy meditado.
Los asesinos de Londres han triunfado en aquello en que Merah fracasó. Estos ataques solitarios tienen una doble finalidad: fomentar la yihad ofreciendo un modelo a los radicales no activos, y transmitir un mensaje a Occidente. Los ataques de Merah podían ser inspiradores, pero eran demasiado profesionales y requerían un equipamiento en armas y defensas personales al que pocos pueden aspirar, siendo por tanto más difíciles de emular. Por el contrario, atropellar y degollar a un militar es algo que cualquier persona que haya alcanzado cierto grado de salvajismo puede hacer. La segunda parte, con todo, es mucho más importante: los terroristas no huyeron como Merah, sino que se quedaron en el lugar de los hechos, no atacaron a los transeúntes y hasta pidieron perdón a las mujeres por lo que habían visto. Al no atacar a los civiles tiñeron su atrocidad de resistencia política legítima dirigida únicamente contra una “casta” y no contra el pueblo en general, y adoptaron una retórica justificativa y victimista que algunos ciudadanos occidentales pueden hasta aceptar, haciendo ver que los culpables son el Ejército y el Gobierno británico por “oprimir” a los musulmanes, y no los locos que casi decapitan a un hombre en plena calle.
Hechos como éste demuestran que el terrorismo islámico no plantea batalla a Occidente en el terreno social o militar, sino en el campo ideológico, donde sabe que será más fuerte cuanto más débiles o acomplejados sean los valores occidentales. La clave de la política antiterrorista no es por tanto la prevención en el plano de la mera ejecución de los atentados, porque es imposible (nadie puede evitar que un demente asalte en un momento imprevisible a un militar y lo degüelle) y porque no resuelve el problema. Sólo un contra-mensaje que refuerce la identidad y valores occidentales, sin complejos y sin apriorismos ideológicos, puede ser eficaz para imposibilitar estas actuaciones, al negarles un campo sobre el que cultivar la sangre de los inocentes.
[1] Los islamistas chiíes suelen ser más homogéneos y centralizados, en parte porque su propia fe, con la doctrina de la emulación como base central, lo favorece, y en parte porque en general dependen mucho más del patrocinio de Irán.









