Libia o el error de Occidente (2.10.12)

2 10 2012

Fuente: mx.ibtimes.com

El 11 de septiembre, el embajador estadounidense en Libia era asesinado en Benghazi junto con otros tres norteamericanos, en lo que, según se dijo, fue un ataque espontáneo que respondía a la aparición en Youtube del vídeo “La Inocencia de los Musulmanes”, dirigido por un judío. Las reacciones en el resto del mundo musulmán fueron diversas, pero no se trata aquí de explicar tal reacción, sino de enseñar cómo lo acontecido en Libia, con el vídeo como excusa, debería llevar a Occidente a replantearse su política exterior en el Oriente Medio y el Norte de África.

Buena parte del mundo occidental vio con estupor cómo el Embajador de Estados Unidos, uno de los países (junto con Francia) que más había presionado para la intervención que acabó derrocando a Gadafi, era asesinado por los mismos individuos a los que había ayudado. Ahora bien, para cualquier persona que tenga un conocimiento empírico básico de la zona, y no formado por razonamientos a priorísticos extraídos de ensayos políticos, este hecho difícilmente puede ser sorprendente. Los ensayos políticos dicen que un pueblo donde un tirano ha sido derrocado naturalmente adoptará una forma democrática de Gobierno que acabará con los excesos del régimen anterior. La experiencia nos dice que esto está lejos de ser un axioma: los comunistas que reemplazaron al Zar difícilmente pueden ser considerados más liberales que éste; Irán no es ahora más libre que bajo el Sha, ni Cuba es mejor con Castro que con Batista.

Si a esto le añadimos la forma en que Gadafi dirigió Libia durante las décadas de dictadura, podremos comprender que el resultado a esperar una vez éste cayera difícilmente podía ser el nacimiento de una democracia ejemplar estilo Suiza. Hay dos formas de asegurarse la lealtad de un pueblo: o bien uniéndolo en torno a un líder, o bien dividiéndolo y haciendo que cada grupo (tribu, ciudad, gremio, etnia, etc…) tenga que mendigar el favor del líder en las disputas con su rival. El primer método es más seguro, pero más complejo. El segundo, aunque más precario, es más inmediato, y mientras se tenga la habilidad de manejar de esta forma a los distintos elementos sociales del Estado, la supervivencia del mismo está asegurada. Esto fue lo que hizo Gadafi durante toda su dictadura, y pretender que las fracturas que se han abierto y aumentado a lo largo de décadas puedan resolverse en meses, creando la estabilidad y cohesión social necesarias para que surja una democracia, es quimérico. Del mismo modo, tampoco debemos olvidar que Libia ha vivido una guerra civil, es decir, que parte de la sociedad estaba a favor de Gadafi. Indudablemente, este posicionamiento respondía antes a una conveniencia (bien económica, bien social, bien de cualquier otro tipo) que a una lealtad auténtica, pero el efecto es el mismo: oponerse, bien por omisión, bien incluso por oposición violenta y directa, a la revolución de la que ha surgido el nuevo régimen.

Cuando cayó Gadafi, el vacío de poder no pudo ser ocupado por una representación real de la sociedad, porque la sociedad, como tal, no existe. Ni siquiera se trata de una situación en que los revolucionarios triunfantes, formando un bloque homogéneo, deban integrar a aquellos que se les han resistido; la realidad es que ni siquiera el bloque revolucionario es un bloque cohesionado, a ningún nivel. Del mismo modo que no debemos creer que hubiera importantes lealtades ideológicas a la causa de Gadafi por parte de sus defensores, tampoco los revolucionarios deben ser tomados por soldados comprometidos con la causa de la liberación nacional y la democracia; puede que hubiera quienes actuaban con tal motivación, pero muchos otros simplemente veían en la caída de Gadafi una forma de obtener una mejor posición económica o social o de cualquier tipo, sin que se plantearan (ni sigan sin plantearse) el establecimiento de un régimen democrático que, con bastantes probabilidades, dañaría su estatus recién adquirido.

En esta situación de caos, suelen vencer los más organizados, los que tienen un programa ideológico más coherente y los más veteranos en moverse en ambientes turbulentos: es decir, los islamistas. Libia es el segundo país con más nacionales que hayan combatido en el Iraq posterior a 2003, lo cual debería haber significado algo. Como es lógico, la mayoría de terroristas libios que destrozaron el País de los Dos Ríos no siguen allí, sino que se unieron a la insurgencia contra Gadafi. Ya advertíamos allá por septiembre del año pasado[1] que el puesto de Gobernador de Trípoli tras la caída del dictador había sido ocupado por un hombre con lazos importantes con Al-Qaeda. Ahora bien, si realmente pensamos que estos individuos tienen el más mínimo interés de crear una democracia, los hechos del 11 de septiembre deberían haber desmentido esta opinión por completo. Se intervino en Libia para que fuera un país libre. Y la intervención en Libia ha condenado a este país a una forma de esclavitud que es aún peor.

Christopher Stevens era reconocido por ser un “amigo de los árabes”. Su imagen asesinado muestra, en efecto, una macabra y trágica solidaridad con este pueblo: no es el retrato de un estadounidense asesinado, es algo más: es el retrato de una sociedad, de un pueblo, que está siendo masacrado por las peores pesadillas que ha engendrado, el islamismo… cuyo ascenso se debe, en gran medida, al error de Occidente.

Francisco Rivas
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