La Culpa alemana

28 09 2012

El término deuda se traduce a la lengua alemana como Schuld. Este concepto tiene varias acepciones, la primera ya mencionada, la segunda sería la culpa. Esta curiosidad lingüística ya nos indica de alguna manera la actuación alemana en la actual crisis de deuda. La tradición protestante alemana, sin duda, ha ocasionado que en términos simplistas se equipare la deuda con la culpa, y por ende pecado. La deuda para el país germano, tal y como se evidencia, es tratada como un mal al que hay que hacer frente con austeridad y sacrificio.

Siendo casualidad o no, el hecho es que los pecadores del sur de Europa están siendo perjudicados por esta ideología. Por el contrario, Alemania se beneficia indudablemente de la situación europea actual: coloca su deuda a precios irrisorios[1], gana competitividad en sus exportaciones, recibe capital como consecuencia de las fugas producidas en España, Portugal o Italia y un largo etcétera. Y es que la moneda única se ha demostrado que es una divisa incompleta desde el inicio. En el momento de su constitución se formó un Banco Central[2] pero no se dotó a los Estados de un Tesoro, de tal forma que desde ese momento todos los países asumieron que en algún momento podría  darse impagos a los acreedores de la Administración. Por el contrario, Alemania vuelve a beneficiarse manteniendo a raya la inflación y controlando las políticas monetarias del Banco Central Europeo, ya que es el principal aportador de capital.

Por todo esto cabe afirmar que Alemania beneficiándose de la situación actual esta haciendo lo mínimo para que el euro no se desintegre, pues esta situación sería desastrosa tanto para el país germano como para el resto de países miembros. La gran paradoja se produce cuando poco a poco se evidencia que lo mínimo no es suficiente, es insostenible que los países acreedores lleven las riendas por mucho tiempo. Por lo tanto se abren dos vías posibles: o bien se acelera el proceso de integración, o bien se desmiembra la Unión.

Analizando la primera de las situaciones, los países recuperarían mucho de su competitividad perdida, las exportaciones serían más baratas y las importaciones se encarecerían. No obstante, los perdedores en este escenario serían todos los países miembros sin excepción, empezando por los hegemónicos que verían como se depreciarían sus inversiones.

La segunda de las opciones pasa indudablemente por la voluntad de Alemania, que debería equilibrar el juego a costa de su propio crecimiento. Esto implicaría un aumento del grado inflación tan temido en Berlín, que además debería ser aprobado por el Bundesbank. Pese a la dificultad de este camino teniendo en cuenta el sacrificio germano (y traicionando su propio espíritu)  es posible realizarlo. De esta forma Alemania se convertiría en el país hegemónico benévolo, tal y como lo fue, por ejemplo, Estados Unidos con el Plan Marshall tras la Segunda Guerra Mundial. Pero Alemania no quiere ni siquiera obtener el liderazgo europeo. Pues bien, cualquiera de las dos opciones es mejor que la senda actual, que desemboca en una crisis perpetua.

Pero, ¿cómo puede Alemania dejarse convencer de que la política que aplica es perjudicial para todos los miembros? Los mecanismos intergubernamentales de la UE se han mostrado ineficaces a la hora de modificar una política tan arraigada como de la que estamos hablando. Por otro lado, el euroescepticismo se extiende provocado por la irritación de unos y por la desesperación de otros. Aún así, asumiendo que los mecanismos institucionales están obsoletos, el cambio de comportamiento alemán pasa por la propia sociedad civil, esto es los ciudadanos y las organizaciones privadas. Cada vez resulta más necesario la intervención de los ciudadanos europeos concienciados de que la Unión es un proceso de integración irreversible. En vez de resaltar la diferencia entre el centro (países acreedores) y la periferia (deudores) debe resaltarse la unidad y la necesidad de mayor integración en beneficio de todos los Estados miembros. No debe olvidarse que Alemania no deja de tener una amplia población proeuropea que, sin embargo, está hechizada por el mantra de la Canciller que es erróneo.

La supervivencia de la Unión depende de que Alemania despierte y comprenda de que no hay santos ni pecadores en Europa, sino problemas financieros compartidos y necesidad de mayor unidad.

David Jódar Huesca

 

 

 

Referencias:

http://elpais.com/elpais/2012/09/06/opinion/1346961403_177822.html

TheEconomist.com


[1] Como es bien sabido, la temida prima de riesgo no es otra cosa que el diferencial que pagan los país con respecto a lo que paga Alemania.

[2] Aunque como se ha demostrado en diversas ocasiones tampoco actúa como tal.

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