El Dalai Lama apolítico

30 09 2011

Una de las zonas más controvertidas zonas del mundo desde hace ya, lamentablemente, décadas es el Tíbet. Este antiguo reino, otrora región autónoma china es vista a los ojos del mundo como un remanso de paz y sabiduría ancestral, donde una de las corrientes más seguidas del budismo solía tener su cuartel general desde el que exportar su modo de vida de contemplación, bondad y no-violencia.

La historia del Tíbet ha estado siempre relacionada con el misticismo, el exotismo y con su interminable lucha por su independencia, pero sobretodo, y desde el siglo XIV, con su máxima autoridad religiosa y política, su Santidad el Dalai Lama. Normalmente asociamos Tíbet con su figura más representativa, y no es una asociación gratuita, decir Tíbet es decir Dalai Lama, pues la figura del “Maestro del Océano” (traducción literal del término, es referirse a el que hasta hace prácticamente nada era la cara del reino), tanto en su vertiente política como en la más vistosa, como es la religiosa.

El Sonam Gaytso es el vestigio de un país y una cultura que desde hace más de 50 años ha sufrido la represión china directamente en su médula espinal, subyugándose al poderío militar de su invasor. La entrada en 1950 del ejército rojo en Lhasa motivó el exilio del líder tibetano a la ciudad india de Dharamasala, desde donde se dirige la resistencia tibetana y se configura el gobierno en el exilio, además de servir como nuevo centro de peregrinación alrededor de Gensym Gaytso (el nombre del actual Dalai Lama) en la que ya es llamada la “Pequeña Potala”.

Las aspiraciones políticas tibetanas son bien simples e inamovibles desde el inicio del exilio. Posicionándose alrededor del mundo (principalmente en India, Nepal y Bután) los tibetanos pretenden ejercer un lobbying presionando al gobierno chino a admitir a Tíbet como un reino autónomo del gigante asiático o, cuanto menos una independencia real y efectiva como la que se goza en Hong-Kong, para nada desean tener la independencia supervisada de Taiwan. La aceptación de Tíbet como un reino independiente es el principal objetivo, pero además de esto los tibetanos solicitan (no exigen, ese es su carácter) que se respeten sus tradiciones (esto supondría el reconocimiento del Dalai Lama, de la Santidad de la ciudad de Lhasa y el Santísimo Santuario de Potala, el respeto a los lugares y templos sagrados tibetanos y una restitución de los daños, cuantiosísimos, a su patrimonio histórico y cultural desde el comienzo de la ocupación) amén de permitir la vuelta a sus hogares de las miles de familias que permanecen en el exilio.

Ante la vista de que es una persona non grata para la administración china, y a pesar de la buena relación y admiración que Tensyn Gyatso sentía por Mao Zedong antes de la invasión, el Dalai Lama ha decidido terminar con una tradición de más de 700 años; Su Santidad ha renunciado al poder político de su pueblo en aras de configurar un gobierno en el exilio con una estructura democrática y laica. El nuevo y flamante Primer Ministro Tibetano en el exilio es el Doctor en Derecho por la universidad de Harvard Lobsang Sangay, un joven jurista que en sus primeras declaraciones ha abogado por el respeto a su predecesor político y por reiterar las aspiraciones independentistas del Tíbet. La estrategia del Dalai Lama con su renuncia es bien simple; con esta desvinculación política (que llevaba meditando según dice desde mediados de los años 60) Gyatso busca obtener una legitimación para el Gobierno en el exilio que compartiendo sus atribuciones políticas y religiosas no podría obtener. En Julio se celebraron las primeras elecciones democráticas tibetanas (en el exilio, por supuesto) de toda su historia, y Sangay ganó con un 55% de los votos escrutados a sus dos rivales electorales. Esta renuncia traerá consecuencias directas para la situación internacional del Dalai Lama, pues si bien antes de su renuncia al ser el jefe político de un gobierno en el exilio gozaba de las prerrogativas, de facto, de ser un Jefe de Estado; ahora tan sólo tendrá la consideración que cada estado quiera concederle, que muy probablemente en la vida real no cambie con respecto al pasado.

Tíbet pretende avanzar hacia su independencia del mismo modo que Palestina la semana pasada lo solicitó ante la Asamblea General de la ONU, queda claro que los métodos anteriores protesta y oposición no funcionan contra países con “cómodas” posiciones dentro del panorama internacional como son China o Israel, y para conseguir el apoyo institucional necesario (que lamentablemente no tiene nada que ver con el popular, que para ambos “países” es sensiblemente grande) para que el resto de estados hagan presión. Muy pocos países han  reconocido a Tíbet como estado, pero la inmensa mayoría ha denunciado la invasión y la represión china sobre el país del Himalaya. Como todo dentro de la cultura tibetana el proceso será lento y laborioso, muy meditado, pero firme; y el avance que ha dado el gobierno tibetano con la desvinculación política de Dalai Lama es un paso firme, solo que con un destino todavía incierto.

José Enrique Conde

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