La nostalgia del Califato

4 07 2014

Fuente de la imagen: bbc.co.uk

La institución del Califato es consustancial a la Historia del Islam, ya que surgió en el mismo momento de la muerte de Mahoma. Al contrario que Cristo u otros líderes religiosos, Mahoma había fundado no sólo una religión, sino un “Estado”: la “umma”, la comunidad de los creyentes en el Islam, era una entidad definida en base a un credo pero también una comunidad política, cuyo líder indiscutible era el Profeta. A su muerte, esta comunidad se vio en la necesidad de determinar, no sólo quién debía ser el sucesor de Mahoma, sino en qué términos debía suceder a quien era irrepetible.

Abu Bakr, el suegro de Mahoma y primer hombre en aceptar su predicación, fue elegido, en base a un cierto consenso, líder de la comunidad. A él se atribuyen las palabras: “Musulmanes, si adoráis a Mahoma, Mahoma ha muerto; si adoráis a Dios, Dios vive”. Su cargo fue el de Califa, que significa literalmente “sucesor” (“خليفة” en árabe). Se entendió, y se practicó desde entonces con mayor o menor rigor, que el Califa debía ser hombre, musulmán, y familiar del Profeta. Sus poderes quedaron más definidos por una suma de situaciones fácticas que por leyes escritas u orales, pero en esencia se resumieron en que se trataba de un líder ante todo político, con ciertas atribuciones religiosas, pero en ningún caso un líder religioso. Sí era, en todo caso, el jefe de todos los musulmanes.

Ya desde este momento hubo dos movimientos de oposición, ambos minoritarios pero con cierta fuerza. Uno fue el de los jariyíes, quienes consideraban que cualquier musulmán podía ser líder de la comunidad, y podía ser destituido si dejaba de comportarte como un buen musulmán. Este movimiento dio origen al Islam ibadí, que sigue existiendo hoy en Omán y en algunas zonas de Argelia[1]. El más importante, sin embargo, fue el de los chiíes, que defendían a Ali ibn Talib, primo y yerno de Mahoma tras su matrimonio con Fátima, como el líder que debía guiar a la comunidad. Contrariamente a lo que proponían los partidarios de Abu Bakr, los chiíes[2] estructuraban el liderazgo de la comunidad como un Imanato, en el que el Imán era ante todo un líder religioso y aquel a quien Dios hablaba directamente por intercesión de Mahoma, y, como consecuencia, también un líder político. Vemos ya desde el primer momento de la Historia del Islam la oposición entre los dos sistemas de Gobierno principales: el Califato, donde el Califa es ante todo un líder político con ciertas atribuciones religiosas, y el Imanato, donde el Imán es ante todo un líder religioso con atribuciones políticas. Esto se ejemplifica en la renuncia de Ali a asumir el Califato tras el asesinato de Omar, el segundo Califa, en el 644, sobre la base de que el poder religioso concedido al Califa era insuficiente.

Ali fue finalmente nombrado Califa en el 656, pero fue asesinado por sus propios soldados en el 661, y con él terminó el periodo de los Califas “ortodoxos” (los “rashidun, الراشدون”). El Califato quedó en manos de Muawiyya, de la familia de los Omeya (“Umayyad”), hasta que su dinastía fue sustituida por la de los Abasíes en el 750, quienes trasladaron la capital desde Damasco hasta Kufa y, posteriormente, a Bagdad[3].

Los Califas omeyas no habían tenido un gran interés en fomentar la conversión de sus súbditos al Islam, con lo que se había creado un Imperio que, a pesar de estar regido por gobernantes musulmanes, gobernaba sobre una mayoría de súbditos no musulmanes. Esto cambió con los Califas abasíes y, a mediados del siglo X de la Era Cristiana, la mayoría de los habitantes del Imperio conquistado por los árabes se había sometido ya al Islam. La consecuencia fue una mayor cohesión en el ámbito cultural, pero, paradójicamente, se dio también una mayor desunión política. El primer ataque al Califato de Bagdad procedió de España, donde los Omeyas habían seguido reinando tras su derrota en Siria y habían proclamado un Emirato independiente, que se convirtió en Califato en el 929. Después, los fatimíes se autoproclamaron también Califas en El Cairo en el 969[4]. Se dio entonces la extraña situación de que el liderazgo de la comunidad musulmana, que por lógica debía ser único, residía en tres centros distintos de poder: Córdoba, El Cairo y Bagdad. El Califato original, el abasida, seguía existiendo, pero de hecho había quedado considerablemente debilitado después de que una tribu de mercenarios turcos, los Buyíes, asumiera el poder en el 945. Los Buyíes no habían querido proclamarse Califas, pero habían absorbido tanto el poder de éstos que habían convertido el cargo en un título prácticamente honorífico.

El Califato de Bagdad, no obstante, siguió existiendo hasta el año 1258, cuando las tribus mongolas arrasaron Iraq, depusieron a los Califas abasíes y tomaron el control de su reino. Estas tribus eran paganas, pero acabarían convirtiéndose al Islam. Desde ese momento, varios gobernantes distintos asumieron el título de Califa, aunque nunca llegaron a tener el apoyo y/o la legitimidad que habían tenido los abasíes y los omeyas antes que ellos. Finalmente, el título dejó de usarse cuando Kemal Atatürk acabó con el Imperio Otomano para reformar Turquía. Desde entonces, ningún gobernante ha pretendido el liderazgo de toda la comunidad de creyentes musulmanes.

Con estos antecedentes, es fácil ver que la reciente autoproclamación de Abu Bakr Al-Bagdadi, el líder terrorista del Estado Islámico de Iraq y Siria, como Califa y por tanto guía espiritual de todos los musulmanes del mundo, es de lo más estúpido que ha sucedido en Oriente Próximo en décadas. Las palabras de uno de sus portavoces afirmando que todos los musulmanes “deben obediencia a su Califa” han provocado, a lo largo y ancho del mundo islámico, poco más que risas y burlas[5]. En efecto, los terroristas han querido dar a esta autoproclamación un aire triunfalista de retorno al Califato y, por ende, a los tiempos gloriosos del Islam. Pero la realidad es que parece más una llamada desesperada de ayuda ante el contraataque del Ejército iraquí que la proclamación de un triunfo inexistente.

A efectos jurídicos, el nombramiento de Abu Bakr Al-Bagdadi como Califa despliega los mismos efectos que si hubieran proclamado Califa a un mono borracho. En primer lugar porque, como hemos visto, para que un Califa sea tal debe proceder del linaje de Mahoma, algo que sólo él afirma. En segundo lugar, porque el Califa, para ser tal, debe ser proclamado por la comunidad (o por representantes de la misma, en todo caso). Por tanto, la autoproclamación no es un instrumento válido para asumir el cargo.

Esta pretensión, aún siendo absolutamente inválida, esconde no sólo un ansia de poder desmedido, sino una eventual amenaza a todos y cada uno de los países musulmanes del mundo: si Abu Bakr Al-Bagdadi fuera, como él quiere ser, el líder de toda la comunidad de creyentes, los Gobiernos de todas las naciones musulmanas desde Mauritania hasta Indonesia deben someterse a él. La única forma en que un maníaco que apenas controla partes de desierto entre Siria e Iraq y algunas ciudades en ambos países puede aspirar a ejercer un control tan absoluto sobre tantísimas naciones es viviendo en un universo paralelo, y nos muestra que este individuo ha perdido todo contacto con la realidad.

Porque, incluso aunque sus palabras pudieran generar algún efecto, este sería (y probablemente sea) totalmente negativo para sus intereses. Es delirante pensar que vaya a haber facciones musulmanas medianamente serias que puedan aceptar su pretensión al Califato y someterse a él. Incluso aunque los suníes bloquearan la formación del nuevo Gobierno en Iraq[6], no lo harían para reclamar que Abu Bakr Al-Bagdadi sea proclamado Califa, sino por otros intereses que, como mucho, usarían al ISIS como cortina de humo. Los musulmanes tampoco van a llegar a Iraq en masa para defender el nuevo Califato, y menos cuando día tras día llegan noticias de aprovisionamiento y reagrupamiento del Ejército iraquí y se intensifica la presencia iraní y de Estados Unidos para aplastar al ISIS.

Incluso, entre aquellos que le apoyan, puede provocar la retirada de ayuda o el enfrentamiento directo: la guerra que vive Iraq tiene al ISIS como principal oponente, pero en modo alguno como único. Abu Bakr Al-Bagdadi ha conseguido reunir a su bandera a terroristas yihadistas, está claro, pero también a simples descontentos con el Gobierno que no buscan una mayor justificación religiosa y a antiguos miembros del Baath, partido socialista y secularista que pueden en un momento dado hacer causa común con el ISIS si les resulta conveniente, pero que no van a tolerar que Abu Bakr Al-Bagdadi pretenda reclamar un derecho político y moral a convertirse en líder de la coalición, menos aún de todo el Mundo Islámico.

La única consecuencia positiva que podría derivarse para el ISIS de toda esta locura es, como apuntan algunos analistas, que la organización suplante a Al-Qaeda como referente del terrorismo islámico mundial, pasando a engrosas sus filas con terroristas que antes se habrían unido a Al-Qaeda y ahora consideran a ISIS como un candidato más puro. Esto es posible, pero hay dos matices a tener en cuenta: en primer lugar, Al-Qaeda está mucho más extendida geográficamente, y su influencia engloba zonas a las que el ISIS, constreñido a Siria e Iraq, no puede llegar. Es mucho más probable que Al-Qaeda siga captando a los aspirantes a terroristas por la sencilla razón de que serán incapaces de alistarse en el ISIS. En segundo lugar, Al-Qaeda, gracias a esta dispersión geográfica y a que ha adoptado un perfil más bajo, está mucho más a salvo de represalias. El ISIS ha comenzado una guerra que a todas luces no puede ganar, y se ha condenado a sí mismo al fracaso, incluso aunque sea capaz de resistir a los Ejércitos iraquí e iraní durante meses o años.

Los grupos terroristas, y el ISIS no es otra cosa que un grupo terrorista, no han sido capaces hasta la fecha de vencer a Ejércitos profesionales en enfrentamientos convencionales[7], y el ISIS se enfrenta a un Ejército profesional respaldado por Irán y Estados Unidos en una guerra convencional. Abu Bakr se ha buscado enemigos demasiado poderosos para él, y su autoproclamación sólo sirve para demostrar que, efectivamente, ha perdido todo contacto con la realidad.

Francisco Rivas

 

[1] El líder de la comunidad según los jariyíes-ibadíes era un imán. Los ibadíes tuvieron un imán hasta que fue despojado de todo poder por el Sultán Qaboos bin Said, el actual dirigente de Omán, en la década de los ochenta.

[2] Palabra que procede de “shiat Ali”, los partidarios de Ali.

[3] Que fue fundada por el segundo Califa de la dinastía, Al-Mansur, en el lugar en que se levantaba una iglesia cristiana, según relata el cronista Al-Tabari.

[4] Un caso curioso, dado que los fatimíes eran chiíes. En realidad, se proclamaban imanes y también califas.

[5] Como mera curiosidad, pregunté a mis compañeros musulmanes su opinión sobre la autoproclamación como supuesto líder suyo. Una mujer siria suní mostró indiferencia: “Es como si tú te proclamaras Califa”. Un omaní ibadí mostró estupor: “Está loco”. Y un sirio suní mostró enfado: “¡Me cago en su cabeza! ¿Se supone que ahora debo obedecer a ese perro?”

[6] El retraso de la sesión para la constitución del Gobierno iraquí hasta la semana próxima se ha debido más a tensiones entre kurdos y árabes que entre suníes y chiíes.

[7] El que más cerca estuvo de lograrlo fue Hizbolá en la guerra contra Israel en 2006, pero incluso Hizbolá, con mucha más experiencia, financiación y apoyo popular que el ISIS, apenas fue capaz de lograr una salida digna del conflicto.





La hora más crítica de Iraq

27 06 2014

 

Fuente: www.albawaba.com

Han pasado ya más de dos semanas desde que el Estado Islámico de Iraq y Siria tomara Mosul y Tikrit en un fulgurante ataque relámpago, y quedara detenido en Samarra y Baquba. Los eventos de estas dos semanas muestran que tal ataque fue una temeridad suicida, y un espejismo: ISIS tomó esas dos ciudades porque el Ejército iraquí, simplemente, no combatió. Allí donde el Ejército, la Guardia Revolucionaria iraní o los peshmerga kurdos les han hecho frente, los terroristas han sido incapaces de triunfar (casos de Baquba o Qaraqosh) o han perdido el terreno al poco de conquistarlo (casos de Jalula y Baiji). Las pocas ciudades de las que se han adueñado en estas dos semanas eran lugares donde la presencia del Ejército era insuficiente o se encontraba desligado del núcleo de mando.

El motivo principal de estas derrotas, que aún así no han acabado todavía con la amenaza, lo adelantábamos en La caída de Iraq: los terroristas estaban provocando una reacción internacional con la que no iban a poder convivir.Al apoyo de Irán, cada vez mayor, se suma el de Siria, que bombardeó el jueves las posiciones del ISIS, matando, según los medios, a 57 milicianos. Es evidente que ninguna de estas dos naciones puede permitirse que Iraq, o una parte sustancial de su territorio, quede fuera del control de un Gobierno que es su aliado y pase a formar parte de un “Estado” que les sería sistemática e incondicionalmente hostil. La reacción siria se da, además, como consecuencia de las últimas conquistas del ISIS en Iraq, que se ha dirigido hacia la frontera entre ambos países para facilitar el movimiento de los terroristas de un escenario bélico a otro.

La situación de los terroristas en este momento es bastante comprometida. La gran rapidez con la que han desplazado sus tropas ha sido una apuesta muy arriesgada y, al quedarse detenidos en Baquba y Samarra, la han perdido. Sin capacidad antiaérea, el desplazamiento entre todas las poblaciones que está bajo su control, a través del desierto, es esencialmente una invitación a ser masacrados por una Fuerza Aérea iraquí que, incluso estando bajo mínimos[1], no puede sufrir bajas y dispara a placer. Sus inminentes refuerzos, en forma de cazas de segunda mano rusos y apoyo de la aviación siria e iraní[2], le van a conceder una superioridad militar con la que ISIS, sencillamente, no puede lidiar. Esta superioridad aérea debería impedir todo movimiento de los terroristas entre las ciudades ocupadas (o al menos dificultarlo enormemente), lo que ayudaría a fijar cuál es la fuerza real a la que se enfrenta el Ejército iraquí en cada ciudad y planificar un contraataque en consecuencia.

De hecho, en las últimas horas ha comenzado el contraataque para recuperar Tikrit, después de que el jueves varios grupos de operaciones especiales tomaran posiciones dentro de la ciudad. El hecho de que el Ejército iraquí retome la iniciativa es muy importante porque significa que tienen importantes garantías de éxito. El arma principal del ISIS, como de todos los grupos terroristas, es la intimidación y el miedo, que se expande con mayor facilidad en caso de que venzan. Es por ello que el Ejército iraquí y Qaseem Suleiman, el veterano líder de la Guardia Revolucionaria iraní, deben tener muy claro que el ISIS está debilitado hasta un punto en que no puede conseguir nuevos triunfos espectaculares que alimenten el pánico y, con ello, la deserción. Desde el momento en que el Gobierno retoma el control en las operaciones militares, prácticamente se puede afirmar que el ISIS está derrotado, aunque su derrota definitiva, si es que se produce, probablemente tarde meses en llegar.

Esto no significa, ni mucho menos, que Iraq comience a despertar después de la terrible noche que está sufriendo con el ataque del ISIS. Los terroristas no son la mayor amenaza para el país, y nunca lo han sido. De hecho, el ISIS no es más que la forma que toma la verdadera pesadilla de Iraq, que es su división sectaria, y esta pesadilla seguirá viva aún después de que muera el ISIS si no se toman las medidas necesarias para enterrarla definitivamente.

Ya anunciábamos en Samarra: una nueva esperanza, una nueva amenaza (15.06.14) que la victoria sobre el ISIS puede llegar a ser incluso una maldición, si no se gestiona bien el triunfo y se usa como justificante para que Maliki permanezca en el poder, o lo haga en los mismos términos en que lo ha hecho hasta ahora. Es el descontento con el Gobierno y su política sectaria a favor de los chiíes y en contra de los suníes lo que está sirviendo de combustible a una ofensiva terrorista que, en caso de que hubiera habido un Gobierno eficaz, no habría pasado de ser un ataque de montañeses dementes contra una ciudad en la que habrían sido barridos. Gracias a esta política sectaria, las filas del ISIS se han reforzado con clanes suníes agraviados por el Gobierno o, cuanto menos, han recibido ayuda de ellos; han conseguido un apoyo social importante, al presentarse como los vengadores de tales agravios; y han conseguido fácilmente instigar a un Ejército desmoralizado a la deserción, lo cual a su vez ha traído la consecuencia, muy negativa, de que el Gobierno haya recurrido a armar civiles y organizarlos en milicias, todas ellas de chiíes, para defenderse.

Maliki no debe dimitir, o al menos no mientras ISIS siga haciendo frente al Estado, ya que significaría ceder a las presiones terroristas. No obstante, sí debe preocuparse mucho de variar su política y gobernar el país de forma que todos sus habitantes sean tratados de la misma forma, y no en base a una diferencia tan peligrosa y volátil, especialmente en Oriente Próximo, como es el credo. Ya hay varias voces relevantes que se han alzado para solicitar esto: tal ha sido el mensaje transmitido por Kerry en su visita de esta semana a Iraq y, más significativamente, la petición de Moqtada Al-Sadr y el ayatolá Sistani. Estos dos clérigos chiíes tienen una grandísima relevancia en el país y especialmente entre la comunidad chií, a la que pertenece Maliki, por lo que sus palabras son una garantía eficaz de que la formación de un Gobierno donde los suníes tengan una mayor presencia no va a ser percibida por los correligionarios del líder iraquí como una claudicación frente al Islam suní sino como un movimiento necesario para salvar el país.

También es importante destacar que tanto Moqtada Al-Sadr como el ayatolá Sistani tienen mucha relación con Irán[3], lo que significa que Irán ha comprendido que tiene que ceder parte del poder a los suníes (o, por lo menos, no descartarlos de la política) para que Iraq no se convierta en un infierno en su misma frontera. Por sorprendente que parezca, las posiciones de Irán y Estados Unidos respecto a Iraq coinciden, y esto debería favorecer la restauración política del país, en tanto que presupone que se le darán las facilidades necesarias para que se lleve a cabo.

Hay, con todo, una tercera parte cuyo único pronunciamiento ha sido para pedir la dimisión de Maliki, y que es Arabia Saudí. Los saudíes son posiblemente el único país que no quiere ver un Iraq estable, ya que la estabilidad puede llevar a su fortalecimiento, y aún no han olvidado el terror que sintieron cuando las tropas de Saddam Hussein entraron en Kuwait[4]. Y Arabia Saudí es un Estado que también posee influencia entre los suníes de Iraq, y puede financiar (como de hecho financia) operaciones terroristas e instigar revueltas entre los suníes del país. En definitiva, la posibilidad de que la restauración política de Iraq, caso de que se llegue a acometer, sea torpedeada por los propios suníes siguiendo las directrices de Riyadh es una posibilidad muy real, y que puede diluir muy rápidamente las aparentemente buenas intenciones de Irán para devolver Iraq a su estado de campo de batalla. El tiempo lo dirá.

Francisco Rivas

 

 

[1] Según el Center for Strategic & International Studies, Iraq tenía 316 aviones de combate en 2003, antes de la entrada de Estados Unidos. En 2012 sólo tenía 3. En mayo, Iraq voló por primera vez 52 cazas F-16 comprados a Estados Unidos.

[2] Se rumorea que Irán está enviando drones a Iraq.

[3] Sistani, de hecho, nació en Irán, en la ciudad de Mashhad, donde está enterrado el único Imán chií cuya tumba no se encuentra en Iraq.

[4] Iraq había contraído una deuda respetable con Arabia Saudí y Kuwait en su guerra contra Irán, entre 1980 y 1988. La invasión de Kuwait pretendía “condonar” la deuda con el pequeño país y mandarle un mensaje de aviso a la familia Saud.





Samarra: una nueva esperanza, una nueva amenaza (15.06.14)

15 06 2014

Fuente de la imagen: http://www.sbs.com.au

En los últimos días, el fulgurante ataque del Estado Islámico de Iraq y Siria ha sido detenido. Abu Bakr al Bagdadi, el salvaje líder de los terroristas, no ha podido conquistar la ciudad que le vio nacer hace 43 años, y con ello ha perdido la ocasión de marchar sobre Bagdad. De hecho, las últimas informaciones que llegan desde Iraq apuntan a una contraofensiva inminente del Ejército iraquí, que ha sido capaz de recomponerse después de sus tan vergonzosas como espectaculares huidas en Mosul y en Tikrit y han plantado cara al ISIS.

El miércoles, el Institute for the Study of War publicaba un artículo explicando la grandísima importancia de la ciudad santuario chií en los planes de ataque del ISIS[1]. Según ellos, los terroristas corrían el riesgo de quedarse empantanados en la ciudad y perder con ello el extraordinario ímpetu que arrastraban desde la toma de Mosul el martes 10 de junio. Eso es exactamente lo que ha sucedido. Samarra es una ciudad de vital importancia religiosa para el Islam chií, que es el principal amenazado por la expansión del ISIS. Y, aunque según las noticias del frente, Al Bagdadi ha intentado negociar la rendición del Ejército en Samarra, asegurando que se respetaría la mezquita de Al-Askari, el recuerdo de lo sucedido en 2006[2] y las palabras de sus lugartenientes, asegurando que iban a llevar la guerra “hasta Bagdad y Kerbala”, han restado toda credibilidad a sus palabras.

Irán ya había advertido a los terroristas que, si entraban en la ciudad, tomarían medidas. Y tal cosa han hecho. El asedio sobre Samarra comenzó la tarde del jueves y, esa misma tarde, unidades de la Guardia Revolucionaria iraní (o del Qods, según las fuentes) entraron en Iraq junto con su General, Qaseem Suleiman, quien se ha encargado de la defensa de Samarra y Bagdad[3]. El viernes por la mañana, momentos después de que comenzara el tercer y último intento fallido del ISIS de tomar la ciudad, el gran ayatolá Sistani llamaba a los fieles chiíes a la guerra santa contra los terroristas, asegurando que todo el que muriera en ella sería un mártir. Pocas horas más tarde, hordas de milicianos y voluntarios chiíes partían desde Kerbala y Bagdad para defender Samarra.

Todo esto ha contribuido a reforzar la moral de un Ejército absolutamente incapaz de controlar la situación, hasta el punto de que fue capaz de permitir que Mosul, con una guarnición de 50.000 soldados, fuera tomada por apenas mil. Gran parte del éxito está en las habilidades negociadoras del ISIS, quien ha conseguido poner de su parte al Ejército en los primeros días de la campaña o, al menos, convencerle de la inutilidad de luchar contra ellos. Esto era algo que no podía hacer en Samarra, y menos con la presencia de la Guardia Revolucionaria Iraní. Su primera batalla ha sido su derrota, y quizá, si la improvisada alianza de chiíes árabes, persas y kurdos consigue orquestar un contraataque eficaz, su final.

Como adelantábamos en La caída de Iraq, era muy improbable que el ISIS fuera capaz de sobrevivir a la reacción regional que sus actos estaban provocando. No obstante, no por ello dejará de ser una amenaza. Quizá sí para Bagdad, pero no para el país, en tanto que es improbable que el terreno tomado por los terroristas pueda ser recuperado con la misma celeridad con la que cayó. El discurso antigubernamental que esgrime en las áreas que ha ocupado (y que ya de por sí eran muy contrarias a un Gobierno que perciben como exclusivamente chií y no nacional), junto a medidas populistas como repartir gasolina y parte del dinero robado en el Banco Central de Mosul, les garantizan un apoyo popular que va a dificultar enormemente su erradicación. Si los acontecimientos siguen su curso, el ISIS sufrirá muchas pérdidas en las próximas semanas[4], pero ni mucho menos estará acabado.

En todo caso, esta victoria, si se produjera, tendría un coste político enorme para el Gobierno de Iraq. No tanto como su derrota, que significaría su destrucción, pero lo peor que puede hacer Iraq es pensar que, una vez comiencen a reconquistar el terreno tomado por el ISIS, las cosas volverán a la normalidad. En absoluto será así, dado que la eventual victoria se habrá conseguido gracias a dos factores que, a la larga, amenazarán aún más la viabilidad de Iraq como Estado que la incursión terrorista.

Estos factores son, en primer lugar, la importancia kurda. El Gobierno Regional del Kurdistán ha sido clave a la hora de enfrentarse al ISIS, ya que mediante la toma de Kirkuk ha puesto en peligro su retaguardia y, después, ha avanzado hasta retomar Jalawla, cerrando también la retirada a los terroristas que intentaban caer sobre Iraq a través de Baquba. Es improbable, no obstante, que los kurdos se nieguen a retirarse de las zonas ocupadas en medio del caos, especialmente de Kirkuk, con el cual llevan soñando desde la década de los noventa y que posee unas reservas de petróleo inmensas. La habilidad que muestren tanto el Gobierno de Bagdad como el de Erbil a la hora de redefinir el status quo entre el Kurdistán y el resto del país será vital para evitar futuras tensiones, que bien podrían derivar también en enfrentamientos armados que, esta vez, afectarían muchísimo más al petróleo, el principal sustento de la economía iraquí.

En segundo lugar, la victoria habrá venido de la mano de, fundamentalmente, las milicias chiíes convocadas por el ayatolá Sistani. Será muy importante lograr que estas milicias no se excedan en su único cometido de derrotar al ISIS, y que entreguen las armas una vez esta amenaza haya sido suprimida. De lo contrario, el fuego que ha avivado el ataque de los terroristas de Al Bagdadi seguirá encendido, ya que éstos han conseguido un gran apoyo al recordar los agravios, en muchos casos ciertos, a los que han sido sometidos los suníes bajo las tres legislaturas del chií Al Maliki. Si las milicias chiíes se desbandan y comienzan a atacar a los civiles suníes, el ISIS seguirá presente, o cualquier otra organización que pueda tomar su relevo.

En definitiva, a corto plazo, la victoria en Samarra representa, si se continúa con la presión sobre los terroristas, la salvación de Iraq. Pero, a largo plazo, puede ser también su maldición. Para que un episodio así no se repita, Al Maliki debe entender, y también Arabia Saudí e Irán (los actores en la sombra en el país desde 2003), que debe gobernar sobre todos los iraquíes, y considerarlos a todos como tales. No en función de su etnia o credo, sino de su nacionalidad. Su política, que hasta ahora ha sido abiertamente ineficaz y en muchas ocasiones sectaria, debe reorientarse a incluir a todos los distintos elementos del país, para que se eviten los agravios que, sin duda, han contribuido a fortalecer la posición de los terroristas. Iraq, parece, ha sobrevivido a su hora más oscura. Pero, si su política no cambia, seguirá sumido en la larga noche.

 

Francisco Rivas

 

[1] http://iswiraq.blogspot.co.uk/2014/06/the-isis-battle-plan.html

[2] Donde Al Qaeda en Mesopotamia, encarnación anterior del ISIS, comenzó la guerra sectaria mediante la destrucción de la mezquita

[3] Un hombre que, paradójicamente, es considerado un terrorista por los Estados Unidos.

[4] Se afirma desde varios medios que, en las últimas 24 horas, el ISIS ha perdido 279 hombres. En una fuerza de apenas siete mil, tal cantidad de bajas en tan corto espacio de tiempo es considerable.





La caída de Iraq

12 06 2014

 

La situación en Iraq, que desde la retirada de las tropas estadounidenses el 1 de enero de 2012 parecía estar estabilizándose, se ha deteriorado en esta última semana hasta un punto que quizá resulte más grave que el que se vivió en 2006, año del estallido de la guerra civil. En apenas tres días el Estado Islámico de Iraq y Siria[1] ha tomado Mosul, la segunda ciudad del país, y ha avanzado a una velocidad fulgurante hasta Samarra, a apenas 70 km. de Bagdad y uno de los santuarios más importantes del Islam chií. En el momento en que se escriben estas líneas, el avance del ISIS parece estar contenido: la aviación iraquí bombardea las posiciones terroristas en Mosul, el Ejército ha reconquistado Tikrit y está rechazando a los invasores en Samarra. No obstante, dado el ritmo de los acontecimientos, esta situación podría cambiar en cuestión de horas.

Lo más probable, tal y como están aconteciendo los hechos, es que los terroristas del Da´ish acaben muriendo de éxito, tal y como le sucedió a Al Qaeda en Mesopotamia tras su brutal campaña de 2006. El ISIS ha proclamado su intención de avanzar sobre Bagdad mañana mismo, pero, incluso aunque esto sucediera, la respuesta regional que ya está suscitando con sus salvajes actos muy probablemente acabe con ellos. Con todo, incluso aunque la presencia del grupo sea erradicada de Iraq, el daño ya está hecho. El país ya ha caído. En este estudio intentaremos abarcar, siquiera sea de forma somera (dado que los constantes vuelcos imposibilitan exponer nada definitivo), por qué se ha llegado a esta situación, qué pretende el ISIS, y cómo afectará al futuro de Iraq lo sucedido en esta semana negra.

Desde el cambio de tendencia en Siria a mediados del año pasado (que comentábamos en Cambio de escenario en Siria), gracias al cual el Ejército sirio de Bashar el Assad recuperó la iniciativa tras la reconquista de Al Quseyr y Homs, se preveía que los grupos terroristas operativos en Siria intentarían extender el caos hacia los países circundantes para involucrar a más actores en una “yihad” fuera de control. Su primer objetivo fue el Líbano, que en junio y julio de 2013 sufrió una serie de atentados y brotes de violencia interreligiosa entre suníes y chiíes. Con todo, la situación no se desestabilizó en el pequeño país mediterráneo, que a día de hoy se mantiene todo lo alejado del conflicto que puede.

Iraq, por el contrario, siempre fue mucho más vulnerable. A pesar de que la violencia se había reducido de forma importante durante el año 2012, siendo uno de los más tranquilos desde la invasión estadounidense en 2003, casi al tiempo que ocurrían los acontecimientos del Líbano comenzaba un lento pero progresivo deterioro de la seguridad en Iraq. La segunda mitad de 2013 fue mucho más violenta que la primera, y ya a comienzos de 2014 Fallujah, una ciudad a apenas 70 kilómetros de Bagdad (56 del aeropuerto internacional) pasó a manos del ISIS después de que las protestas antigubernamentales acabaran fuera de control. El Ejército iraquí intentó después retomar la ciudad, pero no fueron capaces, una de las primeras muestras de lamentable incapacidad que ha protagonizado y que le están costando el desmembramiento de su país.

Estamos viendo, por tanto, que las actuaciones del ISIS no son aisladas, sino que guardan gran conexión con lo sucedido en Siria. Desde el primer momento del alzamiento contra Bashar El-Assad en 2011 se alertó de que la guerra no se limitaría a Siria, sino que tendría resonancias en todos los países vecinos. A pesar de ello, las naciones occidentales comenzaron a armar y apoyar a los insurgentes, y cuando quisieron dar marcha atrás al ver la brutalidad que estaban desatando, ya era tarde. El corte de las ayudas desde mediados de 2013 permitió que El-Assad, con ayuda de Irán y Hizbolá, recuperara el papel cantante en el plano militar, y esto ha hecho que el eje de gravedad del conflicto se traslade a un lugar distinto. Pero sigue siendo el mismo conflicto. El propio nombre de ISIS, Estado Islámico de Iraq y Siria, lo demuestra.

De todos los grupos terroristas que han prosperado bajo el paraguas del alzamiento contra El-Assad[2], el ISIS ha sido el que más fuerza ha mostrado. En un principio afiliado a Al Qaeda, ha sido rechazada por la principal fuerza ideológica del yihadismo por ser demasiado salvaje hasta para ellos. Vistos los acontecimientos, si no cabe duda respecto a su brutalidad, tampoco la hay respecto a su efectividad: su intención, que es crear un Estado Islámico que abarque Siria y las zonas suníes (al menos) de Iraq, se está llevando a cabo de forma metódica e implacable.

Es en este contexto donde hay que situar las acciones del ISIS. A pesar de ser una fuerza terrorista, no se están limitando, como se limitó Al Qaeda en Mesopotamia incluso en sus años de mayor poder, a desestabilizar el status quo. Lo están cambiando. Sus métodos son los de un verdadero ejército invasor, en tanto que están ocupando ciudades, las están manteniendo e imponiendo en ellas su delirante versión de lo que consideran un Gobierno, y tienen un plan de ataque muy claro y definido. Y Mosul es un enclave prioritario dentro de este plan, dado que es no sólo la segunda ciudad de Iraq (lo que le da acceso a todos los recursos, civiles y militares, que eso significa), sino porque se sitúa a escasos 150 kilómetros de la frontera con Siria, lo que le da acceso a las dos partes que el Derecho Internacional reconoce como dos Estados pero que ellos contemplan como un único Califato. Posteriores conquistas como la de Baiji, donde se sitúa la mayor refinería de Iraq, muestran que su intención no sólo e destrozar el Estado iraquí sino apropiarse de sus recursos para formar un Estado propio.

Que sean capaces de hacerlo es, en todo caso, muy cuestionable. El ejemplo más cercano de un grupo terrorista tomando un país, Afganistán, fue posible gracias al abandono por parte de la comunidad internacional del Gobierno, que en todo caso, cuando llegaron los talibán, era ya casi inexistente. En Iraq existe un Gobierno, aunque sea uno tan frágil e inoperativo como el de Maliki, e Iraq no puede ser abandonado. Turquía, que tiene a 80 ciudadanos (algunos de ellos diplomáticos) secuestrados por el ISIS en Mosul, está barajando ya la intervención militar. De ninguna forma puede el Gobierno de Erdogan permitir una ciudad controlada por terroristas a apenas 130 km de su frontera. Por su parte, Irán ya ha anunciado que, en caso de que los terroristas tomen el santuario de Samarra, intervendrán. Moqtada Al-Sadr, quien durante los terribles años de la guerra civil de 2006-2008 capitaneó el Ejército del Mahdi[3], ya se está preparando para abandonar la inactividad.

Es improbable que el ISIS sea capaz de resistir la respuesta que, muy probablemente, se está gestando. Con todo, como decíamos al comienzo del estudio, el daño ya está hecho. De nuevo se está reproduciendo lo peor de 2006, en esta ocasión incluso agravado, pues las líneas sectarias son mucho más fuertes y este nuevo conflicto se está planteando exclusivamente sobre una diferenciación religiosa. La proclama de Maliki de entregar armas a los civiles es, si se llega a realizar, muy alarmante. ISIS caerá, pero el caos se mantendrá a medida que las milicias chiíes se rearman e Irán vuelve a extender de nuevo su mano por el país. Y, en todo caso, la caída del ISIS muy probablemente no será tan rápida como ha sido su ascensión. Hay que tener en cuenta que, a pesar de la brutalidad de sus métodos, gozan de un cierto apoyo popular en varias zonas del país, lo que dificultará su erradicación.

Otros grupos sacarán, además, mucho partido de la situación. Dentro del maremágnum de violencia que vive Iraq, hay una noticia que, aunque esté siendo menos comentada, es mucho más importante para el futuro de Iraq, y es que el “Ejército”[4] kurdo ha tomado Kirkuk. Los kurdos, que desde el establecimiento de la Constitución iraquí en 2005 han suspirado por controlar la ciudad, han podido finalmente hacerse con su control y, lo que es más importante, con las inmensas reservas de petróleo de la región. Es improbable que Bagdad pueda recuperar el control de Kirkuk una vez que la crisis del ISIS termine, si es que termina, y esta nueva inyección de recursos va a favorecer enormemente las pretensiones separatistas del Kurdistán iraquí.

En Llanto por Iraq (II) comentábamos que los iraquíes están convencidos de que se está trabajando para desmembrar su país en tres regiones: el Kurdistán, el sunnistán y el shiastán. La crisis que ha desatado ISIS quizá no traiga como consecuencia esta situación, o al menos no de forma inmediata, pero lo está favoreciendo enormemente al haber creado un vacío que los kurdos están llenando y al haber ofrecido una respuesta, por salvaje y reprobable que sea, a los suníes que se sienten oprimidos bajo un Gobierno de mayoría chií[5]. Sólo queda por ver cómo evoluciona el país en las próximas horas y días, pero el futuro de Iraq como país está en su momento más sombrío.

Francisco Rivas

 

[1] Coloquialmente llamado “Da´ish”, داعش

[2]Ya en 2012 alertábamos en Replanteando la Retórica Siria que la revolución siria había sido secuestrada por grupos terroristas.

[3] Y que fue clave en el final de la misma al decretar unilateralmente un alto el fuego, forzado a ello por Irán.

[4] A nivel oficial el Kurdistán no dispone de tal porque no es un país independiente, aunque de facto se trata de Fuerzas Armadas.

[5] El Gobierno iraquí ha intentado decretar el Estado de emergencia en el país. Varios parlamentarios no se han presentado a la votación, lo que ha impedido que se alcanzara el consenso necesario para considerarlo legalmente declarado.





ISOLATIONISM VS INTERVENTIONISM

28 05 2014

In an article published Monday 24th of February this year, Professor Niall Fergusson criticized Obama’s Foreign Policy and described it as a ‘failure’. Fergusson’s main arguments were that the competing forces in the ‘Greater Middle East’ had found themselves with more freedom to pursue their struggles since the American rein that kept them under pressure loosened. To make it brief, that America’s rejection of interventionist measures had weakened its position in the whole area.

In his article, Fergusson describes Obama’s non-interventionist policy in Syria as ‘ignominious’. America’s decision to stop enforcing their right of policing the Middle East, according to Fergusson, has resulted not only in a loss of influence, but also in a Humanitarian catastrophe: 75,000 people are reported to have died in 2013, highest numbers since there are records. Compared to George W. Bush’s mandate, Obama’s non-interventionist policy has proven more lethal.

Shortly before Niall Fergusson condemned Obama’s rejection of interventionism, The Economist published another article (Feb. 22nd), assessing the consequences of a different kind of isolationism: commercial isolationism. The Congress’s rejection of granting a new Trade Promotion Authority to Obama since the previous one (granted in 2002 to George Bush) expired in 2007. The Trade Promotion Authority allows the central government to negotiate trade agreements that are later proposed to the Congress for a ‘yes’ or ‘no’ simple vote, not allowing amendments to be made. This tool increases the capacity of the government to reach deals, as it guarantees that no treaty would be later mutilated by the Congress.

The Congress’s refusal is creating great difficulties for the two biggest Free-Trade Agreements in which the United States are involved: the Trans-Pacific Partnership (estimated to be worth $295 billion a year and including 12 countries from both shores of the Pacific), and the Transatlantic Trade and Investment Partnership (approximately same profits calculated). This refusal is fuelled by the Democratic neo-protectionist views, and the opposition of a few Republicans to grant any kind of powers to a president that ‘cannot be trusted.’ But Mr Obama has done almost no efforts at all to convince the 151 Democrats that oppose the granting of fast-track. Instead, the signing of the treaties have gone pending, and no other date has been established for a new meeting of the 12 countries represented in the TPP after their summit in Singapore. With little securities that the treaties are not going to be changed by the Congress, or even that they are going to happen, the other nations might get tired of waiting for an agreement of which they have no guarantee is going to be respected.

The debate posed by Niall Fergusson and The Economist seems to be one of interventionism vs isolationism in different fields. To grasp what the consequences of Obama’s commercial isolationism and Fergusson’s proposed military interference might be, one only needs a basic knowledge of financial history.

Since Markowitz demonstrated it in 1952, Portfolio Management Theory has revolved around diversification. The ‘optimal portfolio’ is one who offers the maximum return at the minimum risk. The ratio between risk and return is obtained through diversification of investments. Diversification also diminishes the chances of a portfolio running amok if one of the investments fails. After Markowitz theory, it is not variance that affects a portfolio, but co-variance. That is, the variance of the market as a whole. There are very few circumstances that can provoke the sinking of a whole market at a given time. One of them is a global crisis in which all the different variances suffer simultaneously. The other one are geopolitical factors. The invasion of a country, the accumulation of national debt, war, can destroy a market.

Political decisions on the grand scale can dramatically affect co-variance, and this is something that everyone knows. And this is something anyone pushing for military intervention should bear in mind.

When Niall Fergusson criticizes Obama’s inactivity in the Middle East, he is accusing him of letting the control system of America in the area collapse. What he does not realize is that that control system was never American, and that it was interventionism that made it collapse. Control over the Islamist elements of the Middle East was not exercised by the United States, but by each nation. The intervention in Iraq itself had the effect of destroying the containment structure of Hussein’s regime. But not only that. American intervention also destroyed the already existing local balance of power whose lack Mr Fergusson criticizes. Intervention destroyed the fragile equilibrium between pro-Western Turkey, Shiite Iran, Baaz Iraq-Syria, and Sunni Saudi Arabia, while rocketing American sovereign debt, another threat to co-variance in the American market.

Isolationism is a desirable policy when it comes to military intervention. Especially having Iraq and Afghanistan as precedents. Commercial isolationism, however, is in itself a losing stance. By following Democrats’ pressure towards protectionism, Obama is missing out in two deals that would enrich the American economy at a time when reducing the sovereign debt would release the markets, and therefore, increase the military strength. In not forcing his party to follow him, Obama is showing that he is a politician, but not a statesman.

As Markowitz demonstrated, finance is altered by both interventionism and isolationism. Mr Fergusson’s proposed solution only means impoverishment and drastic destruction of trade, as it happened in Iraq and Afghanistan. Isolationism, on the other hand, is as damaging. Obama is right not to push for intervention, but in forgetting about the TTP and the TTIP he is taking more care of votes than actual high politics. Ideology cannot have the decisive factor it has in a world where trade is mainly international, just because interventionism and isolationism – read Republicans and Democrats – have the power to affect the co-variance upon which the whole financial system is established nowadays.

Juan José Rivas





Praising the Enemy

19 09 2013

Amidst grand statements about intervention in Syria, chemical weapons, Russian diplomatic manoeuvres and death tolls, little attention has been paid lately to one of the biggest and best known enemies of America: Al Qaeda.

Compared to Putin’s letters to American newspapers or diplomatic strategies to settle the Syrian question, the message of Al Qaeda’s current leader, Ayman Al-Zawahiri, has passed relatively unnoticed. And still, between the lines of his speech in 9/11 this year, al-Zawahiri gives some of the key points about intervention in Syria. Or better, of why not to intervene in Syria.

This story is an old one, but everyone in American politics seems to suffer a chronic amnesia over this point. Indeed, it is based on two old stories: the first one, is the American public debt, which caused a great deal of fear during the fateful year of 2008 and the early years of the crisis, but which, also, politicians have tried to relegate to oblivion since the 2000 presidential election. The second is the long record of mistakes that US diplomacy has committed when dealing with jihadist movements and threats, starting with the financing of Osama Bin Laden’s militias in their struggle against the Soviet Union in the 1980’ Afghanistan.

Al-Zawahiri’s speech is at the same time dealing with old and current problems. In his message, Al Qaeda’s leader apparently says nothing new: what he had to say, Osama Bin Laden had already said, and American politicians had already tried to forget. Basically the emphasis of his speech was centred on the goal of straining American economy to the point of bankruptcy. To achieve this objective, Al Zawahiri pretends to “bleed America economically by provoking it to continue in its massive expenditure on security, for the weak point of America is its economy, which has already begun to stagger due to the military and security expenditure”.[1] Nothing that Osama didn’t say in the past, and still, one new word. Note it, for it is the key of this article: “continue”.

Al Zawahiri knows what he is saying, and he is an intelligent man. The American public debt is the largest ever seen in the world, far larger than the debt inherited after the Second World War, the biggest armed conflict in history. The only real threat to American economic hegemony. And still, few remember that the so-called ‘Public Debt Clock’ once stood in the middle of New York city, informing its citizens publicly, not only of the overall debt of the state, but also of each family’s share. Few remember that both candidates to the presidency in 2000, Al Gore and George W. Bush, promised either to get rid of the public debt, or to diminish it.[2] And still, the closure of that clock, along with the huge indebtedness that followed, was the success of one man, and one organization: the man, Osama bin Laden, the organization, Al Qaeda.

After the 9/11 of 2001, the public debt clock was shut down, Al Qaeda’s real biggest victory to the moment. What followed were two of the biggest wars America has been involved in since Vietnam, the invasion of Afghanistan in 2001, and the invasion of Iraq in 2003. Both of them costly failures, but what is worse, both of them made American public debt completely unmanageable. This, as Al-Zawahiri says, as Osama Bin Laden knew, is the weakest point of America’s economy. Especially since most of this public debt is in America’s worst enemy’s hands: China. To put it in a simpler way: Al Qaeda forced, by attracting America to two long military interventions, to sell their sovereignty to the best bidder, which turned out to be China.

The second story, is that of America doing the dirty job for fundamentalist groups. In 2003, America deposed a government that, however dictatorial, had worked for them sustaining a long war against Iran. The outcome was to throw Iraq to the hands of jihadists, to get rid of one of Iran’s worst enemies, and to indebt America. Not happy with that, the intervention in Afghanistan didn’t achieve any other major success: it was costly, it alienated the Afghans against a regime that is perceived as corrupted and imposed by foreigners, and it also alienated one of America’s most crucial ally in the fight against Al Qaeda, Pakistan.

Now, America’s debt is uncontrolled, its capacity to act against threats diminished by their own indebtedness, and their enemies rejuvenated by American weakness and hostility against the US growing in countries that were once strong allies.

But there is still scope for a bit more of American indebtedness, weakness, and alienation. Syria has been respected until now, but it may become Al Qaeda’s next battlefield in its – this is the truth – economic battle against the West.

Even though an agreement was reached on the handing of Al Assad’s chemical weapons through Russian intermediation – a major Russian diplomatic victory –, France, the United Kingdom and the US still seem to be willing to go further in the mud. In Paris, the Foreign Ministers of this three nations agreed to keep supplying the rebels with weapons, and although the intervention is discarded now – by vote in the case of England -, there may arise issues in the future to justify an invasion.[3] It is better then, to see this as intervention postponed, rather than intervention cancelled.

But who are this rebels that the US is so obsessed with helping? How is the outcome to prove so beneficial for the US so as to justify further expenditure when the American economy is just recovering? There is not a unified front against the Syrian government. A IHS Jane’s report published before Kerry’s threatening words in Paris informed that only around 30,000 fighters out of 100,000 may be secular nationalists, with an estimated of 10,000 that openly belong to Al Qaeda-linked bands. Charles Lister, the author, stated that “the idea that it is mostly secular groups leading the opposition is just not borne out”.[4]

Barbaric behaviour is not exclusive of Assad’s government. Catholic webpage Alerta Digital reported crimes committed by opposition combatants against Christians in Syria. One of them, the rape and murder of a Christian under-aged girl,[5] the second, the rape and murder of Miriam, a 15 year-old Christian girl killed by militants associated with the jihadist group Jabhat al-Nusra.[6] The difference is that Assad commits his crimes with his own chemical arsenal, while these Christian girls were probably killed by American-paid bullets. This news, is worth noticing, can be found only in Spanish or Arab; no attempt has been made to report them in English of French.

Does this not resemble American support of Bin Laden’s militias in Afghanistan? Not only that. Al-Zawahiri and Bin Laden knew the game they’re playing. Didn’t the Soviet Union finally collapsed when Reagan and Thatcher decided to start a weapon run that the Soviets couldn’t finance because they were still clearing their debts after their Afghan war?

Obama faces a difficult position now. Intervention most clearly will mean leaving Syria in jihadist hands and to threaten the small economic recovery loading the burden of the state. Compliance to Russian diplomacy means weakness. In an analysis published the 12th this month, Global Agency Stratford already accepted Russian manoeuvres as a pretended trap to gain leadership at America’s expense.[7] If it certainly was, then the Russians may win or lose. It is America who has let herself be in a lose or lose position: if they just accept the status quo after the handling of the chemical weapons, Russia has won. If they intervene, they will be following Al Qaeda’s predicted policy, and Al-Zawahiri wins.

America’s major mistake has been to let themselves be caught in this double front, and still, the best option would probably be to let the Russians gain the initiative (which they may lose in their own dealings), rather than to follow Al Qaeda’s agenda. For as crude as it seems, the US has been doing, in Iraq, Afghanistan, and maybe Syria, what Al Qaeda not only expected, but wanted: waste of money, instability, greater debt, greater numbers of jihadists. The US political class must not keep blind and deaf to their own mistakes and keep proposing military interventions. The American economy is strong enough to handle the Great Crisis after the debt of Iraq and Afghanistan, but a conflict of the same scale can prove to be unbearable.

Juan José Rivas


[2] Fergusson, Niall, The Ascent of Money





Cambio de escenario en Siria

3 08 2013

Fuente de la imagen: http://www.abc.es

A principios de junio, los leales a Bashar El-Assad tomaron el estratégico pueblo de Al-Quseyr, en la frontera con el Líbano y en el camino hacia Homs, la ciudad que abría la llave para conectar Damasco y la provincia costera y alawí de Latakia. Ahora, ha sido la propia Homs la que ha sido retomada. Con esto se asegura el control de la conexión Damasco-Latakia, clave para el régimen de Bashar El-Assad ya que abre una importante vía de suministros por mar y le permite ofrecer un frente consolidado con las dos zonas que más le apoyan, las cuales ya no están aisladas entre sí. En este estudio analizaremos cuáles han sido los motivos por los que el escenario bélico ha cambiado tan radicalmente y qué consecuencias puede tenereste cambio.

La situación para El-Assad, que hace un año parecía desesperada, es ahora bastante favorable. Gran parte de la culpa en sus recientes éxitos la tiene el Hizbolá libanés. El “Partido de Dios”  había intentado mantener una política de baja involucración en el vecino conflicto sirio para no perder su posición en el Líbano, ganada a base de presentarse como un defensor del conjunto del pueblo árabe frente al enemigo hebreo. De esta forma, a pesar de que apoyaba a El-Assad, su intermediario y vía de acceso a los suministros de los patrones iraníes, lo hacía simplemente con suministro de armamento y retórica, y quizá desplazando ocasionalmente soldados, pero no en gran número. No obstante, había llegado un momento en que la amenaza de que el Gobierno sirio cayera era demasiado grave, y esto sería fatal para la organización pues cortaría sus lazos con Irán, su única razón de existir. Es por esto que, en la disyuntiva entre ser odiado y dejar de existir, ha decidido convivir con el odio de quienes antes le aclamaban y ha mandado a sus tropas en masa al combate en Siria. Hizbolá es extremadamente poderosa en el plano militar y está muy curtida en enfrentamientos no convencionales, por lo que su ayuda ha sido decisiva a la hora de reconquistar Al-Quseyr y Homs.

No obstante, más que un mérito de El-Assad y sus aliados, lo que se ha producido ha sido un demérito de sus enemigos. La cada vez mayor fragmentación y radicalización de los opositores a El-Assad ha dificultado una ayuda que compromete demasiado a los donantes. Occidente ha apoyado a los alzados, desde luego. No con una intervención militar, algo que de todos modos muy pocos reclamaban, pero sí suministrando armamento y material bélico, además de humanitario. No obstante, esto ya no se quiere seguir haciendo porque el riesgo de que las armas caigan en manos inadecuadas es cada vez mayor. La única alternativa cercana a los postulados de Occidente es la que representan los demócratas sirios exiliados en Estados Unidos y Europa, pero su voz es demasiado baja y, sobre todo, están demasiado alejados del sentir de sus compatriotas. La única organización que podría tener una cierta coherencia y estructura, así como capacidad de influir en la Siria real, es el Ejército Libre Sirio, incluso aunque esté plagado de islamistas camuflados. Pero las recientes derrotas, unidas al hecho de que su centro de mando está en Turquía y por tanto lejos de las zonas estratégicas de combate en esta fase de la guerra, han debilitado sobremanera su posición.

Más allá de esto, lo único que queda es una miríada de grupos que tienen un ideario demasiado cercano a Al-Qaeda (cuando no están directamente vinculados con ella), o son simplemente criminales que en circunstancias normales estarían siendo encarcelados o ejecutados pero que han aprovechado la situación para cometer todos los desmanes que quieran de forma impune y hasta “legitimada”. La oposición al Baaz ha caído presa de los excesos de todas las guerras y ahora sus atrocidades son prácticamente indistinguibles de las que comete el régimen al que pretendían derrocar. Son famosas las imágenes del miliciano rebelde devorando el corazón de un enemigo abatido, o el asesinato de un vendedor de nueve años que, al asegurar que no fiaría dinero a Mahoma, recibió un balazo en la boca.

En esta situación, es difícil que la oposición reciba los apoyos que necesita para derrotar a una fuerza de combate que es más veterana y está mejor equipada. Occidente empieza a darse cuenta de que no hace más que entregar armas a un puñado de señores de la guerra, repitiendo el error de Afganistán[1]. Turquía, que acogió ejemplarmente a los refugiados sirios cuando se pensaba que la guerra iba a ser corta, empieza a asustarse ante una presión demográfica cada vez mayor y, lo que es peor, de mucha mayor duración de la que esperaban, por no mencionar sus propios problemas internos[2]. Sólo Arabia Saudí y Qatar pueden sentirse cómodos en esta situación, porque para sus Gobiernos islámicos es tan aceptable establecer un régimen aliado como sencillamente convertir a los países enemigos en infiernos de puro caos, como ya hicieron contra el Afganistán prosoviético y más recientemente contra el Iraq de Saddam Hussein.

Por lo tanto, en el intrincado juego geopolítico que supone la verdadera guerra de Siria (donde muchas naciones, grupos e ideologías combaten usando este país como teatro de operaciones), los apoyos a los rebeldes están tan fragmentados y dispersos como ellos mismos, mientras que los del Baaz siguen firmes y cada vez más comprometidos. El escenario es muy favorable para los leales, pero esto no quiere decir que la guerra vaya a ser corta. El cambio consiste en que, muy posiblemente, entrará en una nueva fase en la que la iniciativa correrá casi exclusivamente a cargo de los partidarios de El-Assad, y los opositores se limitarán a resistir, quizá lanzando ocasionalmente alguna ofensiva o contraofensiva, pero de poco alcance. El equilibrio de fuerzas se romperá a favor de las tropas del Baaz y esto forzará a los rebeldes a disminuir su intensidad militar para establecerse en una guerra de guerrillas, seguramente abandonando posiciones desventajosas y replegándose hacia aquellas en que, bien por orografía, bien por facilidad para recibir suministros o por disfrutar de un mayor apoyo social, puedan defender mejor su terreno. En la medida en que los millones de grupos distintos sean capaces de replegarse a tiempo hacia posiciones ventajosas, sobrevivirán. Los que no encuentren un refugio seguro serán los primeros en caer frente al contraataque de los leales, pero los que lo hallen podrán continuar una guerra de baja intensidad frente al Gobierno durante varios años, quizá incluso décadas.

En este escenario, es posible suponer que una de las facciones más favorecidas y resistentes va a ser la de los kurdos, (de cuya importancia ya hablábamos hace un año en El factor kurdo en el conflicto sirio (31.7.12)) por dos factores: en primer lugar, son milicias que, a pesar de que tengan muy poco apoyo fuera del Kurdistán sirio (tampoco pretenden tenerlo), disfrutan de un gran apoyo dentro del mismo y además lo conocen bien, por lo que sus posibilidades de supervivencia aumentan. En segundo lugar, han recibido un gran apoyo en forma de armamento y entrenamiento de los kurdos turcos[3] y especialmente los iraquíes. Hablamos, por tanto, de grupos armados con conocimiento del terreno, con popularidad entre los suyos dentro y fuera de Siria, con entrenamiento y equipo suficiente y con bajo índice de desgaste, ya que no participan en acciones bélicas fuera de su territorio. Esto les da una posición ventajosa a la hora de negociar una mayor autonomía dentro de la Siria que surgirá tras la guerra, pero, dada la nula capacidad política que en general han tenido y tienen los kurdos, lo más normal sería que el Kurdistán sirio se convirtiera en una zona tan peligrosa e inestable como hasta hace poco lo era el Kurdistán turco.

Esto es, a nivel geopolítico, el primer efecto previsible de esta guerra. Pero no el más importante. La clave del conflicto, que es mantener (para unos) o romper (para otros) el arco chií, quedará presumiblemente en un punto muerto que no será útil a nadie. Aún cuando El-Assad gane la guerra, lo que a día de hoy es lo más probable salvo que algún evento imprevisto altere las fuerzas, no gobernará un país, sino un conjunto de territorios sobre los cuales tendrá, en algunos casos, control directo, y en otros, una vaga presencia o ninguna. La sociedad siria se ha roto ya más allá de lo que es posible recuperar en una generación o incluso dos. La desintegración social se verá agravada por las acciones de Arabia Saudí y Qatar, por un lado, e Irán por otro, y la inestabilidad será una constante en Siria al menos durante dos décadas, como lo es en el Iraq post-Baaz. Es por esto que ninguno habrá conseguido realmente su objetivo: los suníes no habrán destruido por completo el arco chií, y los chiíes, aunque habrán conseguido salvarlo, habrán perdido gran parte del control casi perfecto que tenían. La influencia de Irán y el poder de Hizbolá presumiblemente disminuirán, algo que favorecerá bastante a Israel, especialmente porque tampoco los suníes van a obtener un gran poder: la incapacidad para llenar el vacío de Siria, junto con la caída de los Hermanos Musulmanes en Egipto, hace que la luna creciente de los movimientos suníes mengüe.

En conclusión, los efectos principales que tendrá la guerra en Siria, si se desarrolla en la forma en que hasta ahora es previsible, serán: un mayor factor de tensión en el Kurdistán sirio, que intentará defender su autonomía por las armas apoyado por sus hermanos turcos y, especialmente, iraquíes; una ligera pérdida de influencia de Irán y de Hizbolá en el mundo árabe, que aún así será menor de lo que se esperaba hace un año; inestabilidad en Siria, alimentada por Arabia Saudí y Qatar, al menos por espacio de una década; y mayor paz para Israel, que pasados los sustos de la guerra de 2006 y la intervención en Gaza el pasado año (con el gran apoyo diplomático que obtuvo Hamas), verá como sus enemigos se ven forzados a reorganizarse y ocuparse de preocupaciones más inmediatas.

Francisco Rivas


[1] Vladimir Putin se apuntó un tanto cuando, en una rueda de prensa conjunta del G8 con Cameron, dijo respecto al vídeo del caníbal: “¿Ésta es la gente a la que queréis armar?”

[2] Sería interesante saber en qué medida, si es que lo ha hecho, ha enviado Siria agitadores que agravaran las protestas de la Plaza Taksim.

[3] El pueblo kurdo ha sido una constante arma arrojadiza entre los Gobiernos de Turquía y Siria, que se han enfrentado entre ellos a base de potenciar a las facciones armadas kurdas en los territorios del enemigo. De hecho, el inicio de las buenas relaciones entre Siria y Turquía dependió en su día de que El-Assad entregara a Ocalan, líder del PKK, a Turquía. A día de hoy, los líderes de uno del principal grupo kurdo opositor a Bashar El-Assad, la Unión Democrática de Siria, han sido recibidos por el Gobierno turco.








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