Hemos visto en el anterior estudio por qué la entrada de Estados Unidos en Iraq desató un caos de tensiones que llevaban muchas décadas soterradas. En esta segunda parte analizaremos cómo se ha desarrollado ese caos y en qué medida ha afectado a los cuatro grupos más importantes del país: los suníes, los chiíes, los kurdos y los cristianos.
Como ya hemos dicho, el desmantelamiento del ejército iraquí fue una medida política suicida tomada por el Gobernador estadounidense Paul Bremer. La insurrección que se propagó como fuego por toda Iraq se vio agravada por otros dos sucesos que le llevaron a la guerra civil. En primer lugar, se celebraron elecciones constituyentes en diciembre de 2005, elecciones que ganaron los chiíes. La nueva constitución desmembró, por influencia estadounidense, las distintas regiones[1] que componen Iraq en un estado federal, y en concreto la Región del Kurdistán[2] obtuvo una cuasi independencia de facto. En segundo lugar, Saddam Hussein fue juzgado y ejecutado en diciembre de 2006. Este desenlace era algo previsible, pero hay que tener en cuenta que el Tribunal que juzgó al dictador estaba formado únicamente por kurdos. Es decir, eran juez y parte, por lo que todo el proceso no fue más que una mascarada.
Para entonces, la guerra ya había estallado. Se suele señalar como detonante precisamente la victoria de los chiíes en las elecciones, o el atentado en el santuario chií de Samarra, perpetrado por Al-Qaeda en Mesopotamia. Esta fue la primera “franquicia territorial”, creada por Al-Qaeda al margen del núcleo operativo en Afganistán y Pakistán[3] en 2004, y liderada por el jordano Al-Zarqawi. Aunque al-Zarqawi fue ejecutado en junio de 2006, ya había declarado la guerra a los chiíes e iniciado las matanzas en sus ciudades santas en Iraq. Los chiíes tampoco se quedaron quietos: varias milicias como el Hizbolá iraquí o, más importantes, las milicias Badr (el ala armada del Consejo Islámico Supremo de Iraq) y el Ejército del Mahdi, capitaneado por Muqtada al-Sadr (clérigo perteneciente a una larga estirpe de religiosos opositores a Saddam) se enfrentaron a los suníes en un enfrentamiento sectario que sólo en 2006 se cobró cerca de veinte mil vidas.
Iraq se había convertido en el mismo campo de batalla que había sido durante gran parte de su historia moderna. Arabia Saudí[4] y los Estados del Golfo bregaban por contener el poder y la influencia de Irán, que jugaba a un doble juego: por un lado, extender su dominio, siquiera fuera cultural y religioso, en una tierra que ya le era suficientemente afín; por otro, evitar como fuera una existencia pacífica a Estados Unidos en el país, evitando que se asentara y pudiera tener bases demasiado cerca de sus fronteras. El país quedó partido. Muchos ciudadanos iraquíes me han comentado que, en los tiempos de Saddam, nadie les preguntaba qué religión profesaban. De pronto, eso se convirtió en un factor decisivo para vivir o morir. Los barrios predominantemente suníes de Bagdad se vaciaron de chiíes, y viceversa. Se levantaron muros entre vecindarios que antes habían convivido con toda naturalidad. El Ejército del Mahdi salió en tromba de las chabolas de Ciudad Sadr y se hizo con el control de la orilla este de la capital, y sus hombres vestidos de negro patrullaban la antiquísima Universidad de Mustansiriya, fundada por el Califa Mustansir en el siglo XIII. Los suníes se hicieron fuertes en la zona oeste. Aunque a día de hoy siguen teniendo cierta mezcolanza, las líneas sectarias son mucho más fuertes que con el Baath.
Se suele marcar el año 2008 como el final de la guerra sectaria, y esto por varios factores: en primer lugar, se organizó un contraataque intensivo y eficaz por parte de los ejércitos iraquí (recién restablecido), estadounidense y británico, que contuvo en gran medida los atentados y tuvo éxitos notables como arrebatar Basora al Ejército del Mahdi; en segundo lugar, Irán aflojó la presión, viendo que su estrategia de “caos controlado” se descontrolaba; en tercer lugar, y en consonancia con esta política, Muqtada al-Sadr decretó un alto el fuego en septiembre de 2007.
Iraq ha sobrevivido a la guerra, pero ahora se enfrenta a los horrores invisibles de la paz, habida cuenta de que se trata de una paz por desgaste y no por reconciliación. Los iraquíes cuentan que su país ha quedado de facto dividido en tres países: shiastán, sunistán y el Kurdistán. Los cristianos sueñan con un masihistán[5] que saben que nunca va a llegar.
El shiastán está formado por las provincias sureñas y orientales, más cercanas a Irán. No se sabe con certeza cuántos iraquíes son chiíes, pero todas las estadísticas coinciden en que, si no son una mayoría absoluta, al menos sí lo son relativa. No hay que olvidar que Iraq es el santuario del chiísmo: su leyenda comienza en Kerbala con la derrota de Hussein en el 680 AD, y diez de los doce imanes están enterrados en Iraq. Ciudades como la propia Kerbala, Najaf o Samarra son sagradas para todos los chiíes y desde tiempo inmemorial concentran peregrinaciones que vienen no sólo desde Irán, sino desde el Líbano y hasta de Pakistán y la India. El ascenso al poder de Nuri Al-Maliki, chií del Dawa y exiliado en Irán, y su controvertida reelección en 2010 han cimentado un poder que se define a sí mismo como chií antes que como iraquí[6]. Muchos analistas alertan de la amenaza que supone esto, viendo al nuevo Iraq como una marioneta en manos de Irán. Es cierto que existe mucha influencia iraní en el país (en un restaurante, viendo que mi árabe no era nativo, automáticamente me catalogaron como iraní), pero en política no se deja sentir tanto por el gran peso que tiene el Consejo Islámico Supremo de Iraq, de corte bastante nacionalista y arabista.
El sunistán se compone de las provincias centrales del país, y las más cercanas a Arabia Saudí y Jordania, que son también las que históricamente han estado bajo dominio Otomano. Los suníes han crecido con una retórica baathista según la cual había que contener a los chiíes, peligrosos aliados de Irán, y aún recuerdan que no pocos chiíes iraquíes combatieron al lado de sus correligionarios persas en la guerra de 1980-1988. Aunque la oposición del Baath frente al chiísmo era secularizadora-socialista antes que religiosa, la nueva retórica procedente de Arabia Saudí y Qatar ha envenenado el Islam suní de wahabismo. Los iraquíes me dicen que antes de caer Saddam era prácticamente imposible ver salafistas en las calles, que ahora controlan en ciudades como Mosul, una especie de Kandahar iraquí. La sharia más salvaje se ha impuesto en lo que antes era incluso un gran centro cristiano. Conocí a un cristiano ortodoxo que me dijo que había aguantado en Mosul el tiempo necesario para que su hijo terminara la carrera, y después se marcharon, dejando atrás incluso una casa de tres plantas recientemente reconstruida. También suelo acudir en Erbil al restaurante de una cristiana que se ve forzada a llevar hijab porque cuando estaba en Mosul secuestraron a su hijo y, aparte del pago del rescate, le obligaron a vestirse como una musulmana. Ninguno ha vuelto jamás a Mosul. Allí no hay lugar para nadie que no sea un wahabita.
El Kurdistán es la única zona de Iraq que conozco, porque es el único lugar al que puede acceder un europeo sin hacer cabriolas para conseguir un visado. Lo dan en el aeropuerto (de Erbil o Suleimanya) y no es estrictamente un visado, sino un permiso de residencia en el Kurdistán por quince días. Que el Gobierno del Kurdistán sea capaz de emitir seudovisados indica ya el alto grado de independencia que han adquirido respecto al Gobierno central de Bagdad, independencia patrocinada por sus aliados estadounidenses y financiada por los turcos, que están invirtiendo millones y millones de dólares en el Kurdistán iraquí con la esperanza de que los kurdos turcos emigren allí y dejen de suponer un problema para Ankara. Las riquezas de esta Región son gigantescas[7], pero los kurdos están gestionando muy mal su independencia, con constantes choques con el Gobierno árabe de Bagdad. En un taxi al que subí con mi acompañante árabe (yo me hacía pasar por argelino para que no nos cobraran una cantidad despiadada), el taxista, kurdo, comenzó a decir que ellos habían acabado con Saddam y que todo el petróleo de Iraq era suyo. En otra ocasión, una patrulla de peshmergas detuvo el coche en que viajaba con mis acompañantes, al ver que llevaba matrícula de Bagdad. Nos cachearon y levantaron el coche de arriba abajo, y al final nos dejaron marchar. Mis acompañantes me aseguraron que el hecho de que yo fuera con ellos había suavizado las cosas, pero que de no ser por eso la cosa podía haber acabado en detención por traficar armas a través de la cercana frontera con Irán. Aunque no hubieran encontrado armas en el coche.
Los cristianos en Iraq representaban en tiempos de Saddam un 4% de la población, con cerca de un millón de almas. Eran una de las mayores comunidades cristianas de Oriente Medio, sólo detrás de Egipto y el Líbano. No obstante, tras la caída del Baath[8] se vieron atrapados en el caos resultante, donde tanto chiíes como suníes les consideraban aliados de los “Cruzados” estadounidenses (todavía no he encontrado a un solo cristiano iraquí que apoye lo que Estados Unidos hizo en su país). El éxodo masivo de cristianos que se ha dado desde entonces ha sido brutal: de un millón han pasado a ser apenas trescientos mil, lo que supone, en términos porcentuales, una de las mayores diásporas de la Historia del Cristianismo. El seminario caldeo, que antes estaba en Bagdad, tuvo que ser trasladado al Kurdistán después de que asesinaran a su rector. También el Obispo de Mosul, Monseñor Paulus Farah Raho, fue asesinado en 2008, siguiendo al sacerdote Ragheed Gani, que había sido martirizado en la misma ciudad tras negarse a convertirse al Islam. El ataque más sanguinario tuvo lugar el 31 de octubre de 2010, en la iglesia católica de Nuestra Señora del Auxilio, en Bagdad. Allí, los terroristas suníes de Ansar Al-Sunna, aliados con Al-Qaeda en Mesopotamia, entraron durante la Santa Misa y martirizaron a los sacerdotes Waseem y Thaer y a 51 fieles, entre ellos una mujer embarazada y un niño de corta edad cuyos llantos su madre no podía detener.
Iraq ha sobrevivido a duras penas a su guerra, pero cada día es más improbable que sobreviva a su paz. El país se ha reestructurado en base a fronteras étnicas y religiosas, mucho más fuertes que las políticas, y la desconfianza mutua ha quebrado todo atisbo de cohesión nacional. En un país tan inmensamente rico en recursos como es Iraq, esta desconfianza es muy beneficiosa para los poderes cercanos, llámense Turquía, Irán o Arabia Saudí, quienes no están dispuestos a facilitar un acercamiento de posturas que pueda llevar al resurgimiento de un Iraq fuerte.
Cuando iba a salir del país, me detuve para fumar un cigarro antes de pasar el primero de los interminables controles de seguridad del aeropuerto. Allí vi cómo un grupo de hombres y mujeres, quienes llevaban todo cubierto salvo los ojos, se despedían llorando. Los jóvenes se marchaban, y los ancianos lloraban su pérdida, pues sabían que probablemente no volverían a verlos nunca. Para muchas personas, el exilio es la única posibilidad de vivir una vida parecida a la que tuvieron antes de la entrada de Estados Unidos, hace ya diez años.
[1] Estrictamente hablando son “Gobernaciones”, محافظات
[2] Compuesta por las provincias de Erbil, Duhok y Suleimanya
[3] Les segurían Al-Qaeda en el Magreb Islámico, creada en 2006 a partir del Grupo Salafista para la Predicación y el Combate, y Al-Qaeda en la Península Arábiga, creada en 2009 a través de sus bases en Yemen.
[4] Se calcula que, tras los libios, los saudíes fueron el grupo más numeroso en acudir a la “Guerra Santa” en Iraq.
[5] La palabra árabe para “cristiano” es “mesihy” (مسيحي), que a su vez viene de “Messih”, Mesías. Es decir, aquellos que creen que el Mesías ya ha llegado.
[6] Nuri Al-Maliki dijo en una entrevista que él era “chií, árabe, iraquí y del Dawa”, dejando bien claras sus afiliaciones y el orden de importancia que ocupan en su mente.
[7] Un ingeniero petrolífero venezolano que trabaja allí me aseguró que sólo el 10% del petróleo del Kurdistán está siendo extraído.
[8] Fundado por un cristiano sirio, Michael Aflaq.







